Se deja el Madrid en el Palau parte del mito de ‘los rústicos’, ese grupo capaz de economizar esfuerzos sabedor de que dará un paso al frente cuando juegue por la supervivencia. No lo dio, perdió sin glamour y ante un rival limitado, muriendo en la orilla tras una remontada a fuego lento. Cada vez jugamos con menos margen y el coste de la derrota es desolador, obliga a escalar el Everest para llegar a Berlín, lo que a principio de curso parecía una exigencia razonable para el vigente campeón.
Todo comenzó torcido. Por marcador, nivel del rival e importancia de la ocasión, quizá el cuarto más lamentable de la era Laso, 25-4. Los astros se alinearon y tampoco el técnico fue capaz de cortar la sangría. ¡Qué noche la suya! Su suerte es que sucedió en el primer cuarto y a los puntos el Madrid es a día de hoy mucho más equipo. Así que remontó, sin alardes, haciendo valer su plantilla más larga y sin ausencias. Lo que debió pasar desde el minuto 1. Puso de su parte Tomic, por salario el jugador franquicia azulgrana, en una estado de forma deleznable desde hace dos meses. El desacierto local en tiros libres y la lesión de Ribas, KO tras el descanso, obraron el resto.
Mentalmente el partido estaba ganado, 6 arriba con 8 minutos por jugar y el Barca haciendo aguas, sin recursos y con la lengua fuera… pero ahí estaba Laso para echar una mano. Los 5 minutos que concede en el último cuarto a Maciulis como ala-pívot son sencillamente terrorismo; pero no es la culpa del lituano, cualquiera tiene un día negado (0 de 7 de campo), sino del técnico que no lo vea. El desacierto de Jonas pesó como una losa cuando el partido estaba franco, a una canasta de matarlo, pero que nunca entró. Un tiro liberado tras otro erró Maciulis, y por mucho. Chapu, que se levanta 1,6 millones anuales para sacar las castañas del fuego partidos así y que para más inri llegaba pletórico de forma, jugó más minutos ante Andorra el domingo (19) que en el Palau (14). Si alguien lo entiende que me llame.
Y así le regaló Laso al Barca una recta final igualada, en el que enseñó el Madrid su peor versión. Porque en realidad en el primer cuarto más que jugar mal pesó un desacierto ofensivo inaudito, un saco de tiros fallados en posiciones liberadas, de los que suelen entrar en alto porcentaje. Pero en el último cuarto se regresó a los vicios del peor lasismo: los melocotones de Llull a final de posesión, el chorreo de rebotes ofensivos concedidos (18), los 20 segundos de posesión buscando la salida de Carroll del bloqueo…





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