NBA – Cuento chino

Milwaukee es una aburrida ciudad del noroeste de Estados Unidos (Michigan), a la que muchos americanos sólo conocen por la cerveza. Pocos inmigrantes caen por allí, los chinos no son una excepción. El equipo de la NBA, los Bucks, eligieron en el pasado draft al prometedor ala-pívot de la selección china Yi Jianlian. Un punto exótico, la promesa de un pelotazo con el que sacar a la franquicia de la mediocridad. Es costumbre de los conjuntos de la liga entrevistar previamente a los chavales que podrían elegir en la lotería para comprobar su madurez etc. Milwaukee consideró que 2,13 metros y una agilidad y muñeca propias de un alero (¿suena repetido, no? Nowitzki salió uno, Wang Zhi Zhi’s y Tsikitishvili’s el resto) eran motivos suficientes para saltarse tan higiénico paso previo. El bagaje profesional de Yi es una temporada de 24 puntos por partido en los famosos Guandond Tigers de la potente liga china. Después de que los Bucks gastasen en él un número 6 del nutrido draft de este verano, el ala-pívot dice que no le gusta Milwaukee, que allí hay pocos compatriotas y que al ser un «mercado pequeño» (en términos de marketing, minutos de TV, etc) le reportaría pocos ingresos por publicidad. Se ve que los chinos no han tardado en empaparse de la dinámica y mentalidad capitalista. Su preocupación por el dinero surge, en parte, de que un importante % de sus emonumentos debe pagárselo al gobierno de su país (el sueldo de un rookie en la NBA elegido en el puesto 6 ronda los 3 millones anuales, para vivir da, ¿no?). Yi se niega a firmar por los Bucks. Cerrado en banda, le quedan dos opciones. 1) Forzar a Milwaukee para que traspase sus derechos NBA a una franquicia afincada en una ciudad con muchos compatriotas ansiosos de comprar camisetas. 2) Pasar un curso sin militar en ningún equipo profesional (único atajo legal para volver a presentarse en el draft el año próximo), lo que le supondría pasar la temporada en blanco y entrenando en solitario, con los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 en el horizonte.
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Mientras esto sucede, en latitudes menos orientales, nuestro Juan Carlos Navarro movía Roma con Santiago para ir a la NBA. Ha pasado varios años presionando al Barcelona para que rebajase su cláusula de rescisión pero, sobre todo, ha renunciado a dinero para poder cumplir su sueño. Su sueldo en EEUU será inferior al que tenía en la ACB y, aunque finalmente jugará en los Grizzlies junto a Gasol, el equipo en el que cayese le daba un poco igual. No se va para engordar su ego, para hacer caja o colar cereales a la comunidad latina de la ciudad turno. Navarro ha ganado todo lo ganable en el viejo continente y la NBA es un reto, el de tomar la alternativa entre los mejores. Su motivación, el baloncesto. Yi Jilian y Juan Carlos Navarro, dos maneras de dar el salto, de hacer las américas.

NBA – Un solar bajo el trébol

31, 31 y 29 primaveras han visto Kevin Garnett, Ray Allen y Paul Pierce, respectivamente. Al nuevo trébol estelar de los Celtics le quedan 3 o 4 años de gran baloncesto, 3 o 4 años para reverdecer laureles en Boston. La camiseta que vistieron Bird, McHale, Parish, Russell, y los 21 inviernos de penitencia de la franquicia con más seguidores de la liga (con o sin permiso de los Lakers) pesan sobre el futuro de la plantilla. Las exigencias son máximas e inmediatas. El misérrimo nivel de la conferencia allana el camino. Semejante trío es la mayor concentración de talento baloncestístico al Este de Missouri. Pero, detrás de la foto de sus tres estrellas relucientes no hay nada, una plantilla como un solar. El fichaje de Garnett ha costado, además del prometedor Al Jefferson, toda pieza de complemento aprovechable en Boston (Sebastian Telfair, Gerald Green, Theo Ratliff y Ryan Gomez). No hay base, no hay pívot, no hay banquillo. Ésto es lo que el curso pasado jugaron los que han escapado del éxodo a Mineapolis: K. Perkins (22 min – 4,5 pts), L. Powe (11 min. – 4,2 pts), R. Rondo (23 min – 6,4 pts) y B. Scalabrine (19 min – 4 pts). Hay que sumarle a un par de rookies de segunda ronda y perfil bajo, a Toni Allen (un escolta atlético que se perdió casi toda la pasada temporada por lesión) y a Olowokandi (cuyo bagaje como celtic es de 21 partidos, conn promedios de 10 min y 1,9 pts).
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La esperanza de Danny Ainge, manager general de la franquicia, es que algún integrante del grupo «veteranos oportunistas en busca de anillo» que merodean por la liga olisqueando el éxito geriátrico se pasen por Massachusets al calor del nuevo trío. Eddie House, procedente de Nueva Jersey, ha sido el primero en sumarse al proyecto a precio de saldo (una temporada por 1,9 millones). Se necesitan más, y si tienen pinta de base o de pívot, mejor. Aunque, con las perspectivas del mercado, cualquier zagal de 2,10 m. con cara de susto o mancebo que sepa botar y mascar chicle al tiempo tendrán un puesto junto al trébol. El trío magnífico tendrá que multiplicarse para cumplir con las expectativas. La historia, la leyenda, tan cerca y tan lejos.

NBA – LA PROMESA

Un triple de Robert Horry acabó con el sueño de Sacramento en el verano del 2001. Su tiro sobre la bocina dio a los Lakers el cuarto partido de las finales de conferencia y cambió el rumbo de la eliminatoria, que se decidió en la prórroga del 7º encuentro. Fue lo más que se acercaron aquellos Kings al anillo. La promesa de un baloncesto mejor, de un equipo que ilusione y haga que merezca la pena trasnochar se extinguió como una vela sin aire, con el paulatino éxodo de talento de la capital de California. Los cencerros dejaron de sonar. Los Phoneix Suns de D’Antoni son en nuestros días un digno sucedáneo de aquel espíritu, pero su circulación de balón no alcanza las cotas de excelencia de aquellos Kings. Raja Bell, Stoudemire, Kurt Thomas o Barbosa son buenos finalizadores en su puestos, pero no ven el baloncesto en technicolor como lo hacían los Webber, Divac, Christie o Jason Williams.

Cansados de las excusas de Van Gundy, los Rockets han dado un volantazo y han puesto a Rick Adelman al frente de Houston, la primera experiencia del técnico en lo banquillos tras salir de Sacramento. Aún es verano, pero, con los movimientos en los despachos de la franquicia tejana, las piezas del puzzle Adelman empiezan a encajar. Yao y McGrady son inmejorables en sus puestos, y Shane Battier es un alero más que solvente. Rafer Alston es un base apañado y resultón, pero el encargo le viene grande. Por eso, la franquicia se ha movido y ha fichado a Steve Francis, que vuelve al equipo tres años después.

Su carrera se ha devaluado tras muchos tumbos, pero sigue siendo uno de los bases de más talento de la competición (especialmente en esta época de sequía en ese puesto). 6 millones anuales más su cariño por Houston, que apostó por gastar en él un nº2 del draft, han pesado más que su amistad con Cutino Mobley, por la que estuvo cerca de poner rumbo a Clippers. Con la motivación de militar en un equipo con aspiraciones, sin la presión de anotar como una estrella cada noche y con la manga ancha que Adelman concede a sus bases, Francis puede volver a disfrutar del baloncesto. Los Rockets tienen base.
El mayor borrón en el quinteto de Houston en las últimas temporadas era el de ala-pívot, el acompañante de Yao. Juwan Howard tenía calidad pero no mentalidad. La defensa y el rebote no iban mucho con él, y Yao aún no es el reboteador que puede como para permitirse el lujo de ponerles juntos. Chuck Hayes, albañil esforzado, reboteador fornido y escaso de centímetros (1,98 m., según medición oficial), era uno de los peores titulares de la competición en su puesto. Aprovechable como cuarto pívot, pero, como titular, un paso atrás en un equipo con miras altas. Con Adelman en el banquillo en vez de Van Gundy, se abren las puertas a jugadores internacionales. Ya lo demostró en Sacramento, donde de su mano explotaron Turkoglu y Stojakovic. Los Rockets han buscado más allá de sus fronteras y han encontrado la solución: Luís Scola. Uno de los mejores cuatros del mundo, con tremenda calidad y barato (para lo que se maneja en la NBA). Los habrá que digan que el argentino no es buen reboteador en comparación con Hayes. La pasada campaña, el ala-pívot de Houston jugó 28 minutos por noche, en los que promedió 6’4 rebotes. Hay que recordar que los Rockets fueron el conjunto que menor % de tiro concedía a los rivales, un 42,9. Es decir, Hayes tenía muchos balones sueltos que capturar. Scola (2,06 m.), jugando en la ACB, donde los % de tiro rondan el 50%, atrapó 6,2 rebotes por partido en los 29 minutos que estaba en cancha.
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El quinteto suena bien (Francis, McGrady, Battier, Scola y Yao), pero los cambios pueden no acabar ahí. El tirador Luther Head saldría muy beneficiado por el estilo del nuevo técnico, con una fluida rotación de balón y confianza en el juego exterior. Bonzi Wells podría rehabilitarse para el baloncesto de la mano de Adelman, al cargo del que ya cuajó un par de buenas temporadas en Sacramento. Tendría un papel similar al de Turkoglu en aquellos míticos Kings, el de alero reserva anotador. Todavía no está claro el destino del griego Spanoulis, pero en caso de permanecer en Houston, el nuevo entrenador le daría más cancha que Van Gundy. En ese horizonte, podría emular a Bobby Jackson en el rol de escolta bajo anotador, saliendo desde el banquillo. Alston pasaría a ser reserva, lo que supondría el empujón definitivo para que Bob Sura decida su retirada anticipada, en gran medida forzada por las lesiones.
Los cencerros de Sacramento no volverán a sonar, pero, si se cumple la promesa que se barrunta en el Medio Oeste, las noches en vela volverán a cobrar sentido.

NBA – Teoría de la evolución

Decía la teoría de la evolución de Darwin: “Sobrevive el que mejor se adapta”.
Remontémonos a comienzos del siglo XXI en la NBA, los tiempos de la ley seca, los años en que las finales de conferencia Este se jugaban a 60/70 puntos por partido. Escogeremos para nuestro análisis una muestra formada por sujetos de una misma especie: el entrenador resultadista de corte defensivo.

Caso 1) El abanderado, Larry Brown.

Llegó a los Pistons procedente de Philadelphia, equipo al que llevó a las finales de 2001. A su cargo en Detroit tuvo una plantilla de quilates en plena madurez (los mejores años de Rasheed Wallace, Billups y Hamilton). La exprimió ganando el título en 2003 (todo sea dicho, merendándose a unos grandes Lakers) y perdiendo 4-3 en la final de 2004 ante los Spurs. Tal currículum le valió ser el favorito de crítica y prensa. Una enfermedad le hizo salir de Detroit (para supuestamente retirarse) y le alejó de los banquillos unos meses. Pero, una vez repuesto volvió a entrenar, y no a los Pistons. Con semejante currículum se permitió el lujo de mudarse a la Gran Manzana para unirse al proyecto “esta casa es una ruina” de Isiah Thomas en los Knicks, al precio del mejor sueldo de un entrenador en los anales del baloncesto (11 millones de dólares al año). La temporada siguiente…
– Con Larry Brown al frente, Nueva York igualó la segunda peor campaña regular en sus 61 años de historia, con sólo 23 victorias. Terminaron penúltimos de la liga.
– A los que abandonó. Phlip Saunders, procedente de Minnesota, se hizo cargo del banquillo de los Pistons. Un entrenador de “perfil bajo”, con un estilo “menos defensivo” que el de su predecesor. Los mismos jugadores ganaron 64 partidos en fase regular, la mejor marca de la historia de la franquicia.
Los números, a los que Brown tanto se aferra, no engañaban. Pero el detonante de su despido de Nueva York (eso sí, con 19 millones de dólares de propina de “primo Isiah”) fue haberse granjeado en un año la enemistad de todas las vacas sagradas del vestuario knickerboker. Desde entonces, no ha vuelto a dirigir un equipo en la NBA. Pasó la última temporada de retiro, pescando en su casa de los Hamptons. Volvera…

Caso 2) Jeff Van Gundy, el sesudo.

Los hay que dirán que al final el talento se abre camino de alguna manera, pero aquel año el entrenador de los Knicks supo adaptarse. A la lesión de Patrick Ewing respondió con minutos para Marcus Camby, un joven pívot prometedor llegado de Toronto al que había marginado durante la fase regular. Mientras, Spreewell, partiendo desde el banquillo, crecía en tiempo e importancia según avanzaba la postemporada. Fueron los estandartes de la revolución de Nueva York en la Conferencia Este en los playoffs 99-00, en que alcanzaron las finales partiendo desde el octavo puesto. Aquel era el único logro reseñable del historial de Van Gundy cuando la franquicia de Houston puso su ambicioso proyecto en manos del sesudo entrenador. Corría el año 2003. Llegó a los Rockets con la promesa de ganar, construyendo desde la defensa, pero ganar al fin y al cabo. Steve Francis, el más prometedor base de su generación, encorsetado por la táctica, acabó desquiciado y nunca volvió a ser el mismo. Le traspasaron (junto a Kelvin Cato y Cuttino Mobley) en 2004 a cambio de Mcgrady (y Juwan Howard). En 3 años dirigiendo al dúo Yao-Mcgrady (y un total de 4 temporadas en la franquicia) sin pasar ni una ronda de Playoffs se han plantado los Rockets. “Hasta aquí hemos llegado sr. Van Gundy”. La franquicia le comunicó el despido apenas días después de la derrota 3-4 frente a Utah. Las lesiones maquillaron las miserias y limitaciones de su planteamiento durante varias temporadas. Un entrenador que se crecía ante la adversidad, pero incapaz de conducir a un equipo grande al lugar que le corresponde. Pero en estos Playoffs 06-07, sin excusas a las que aferrarse, el fracaso quedó al descubierto. El traje le quedaba grande.

Caso 3) Rick Carlisle, alumno aventajado.

Su primera experiencia al frente de un banquillo fue en los Pistons post-Grant Hill, en la temporada 01-02. Detroit venía de ganar 32 partidos la anterior campaña y de quedarse fuera de las eliminatorias por el título. Carlisle se hizo cargo de unos Pistons sin su faro histórico. Por el contrario, tenía una batería de jugadores de complemento (Williamson, Atkins, Bison Dele, Ben Wallace), además de un Stackhouse en plena madurez (29 puntos por noche). No importaba demasiado el ataque, el principal ingrediente de la receta era la defensa. Llegaron hasta las 50 victorias y la segunda ronda de playoffs. Una inmejorable tarjeta de presentación para el entrenador debutante. En la campaña 02-03 volvieron a repetir 50 victorias en fase regular y llegaron aún más lejos en postemporada, final de conferencia. El verano de 2003 vio un importante cambio de cromos en la NBA. Harto de Iverson, el cotizado Larry Brown salió de Philadelphia y recaló en Detroit. Larry Bird llamó a Carlisle para hacerse cargo de los Pacers.
La plantilla de Indiana era heredera de la gestión de Isiah Thomas, con quien nunca pasaron una eliminatoria de playoffs. La temporada 2003-04 fue la de la eclosión de Jermaine O’neal y Ron Artest, además, Indiana aún disfrutaba de los últimos coletazos de Reggie Miller. Se fueron a 61 triunfos en temporada regular y alcanzaron las finales de conferencia, donde jugaron una serie a cara de perro con los, a la postre, campeones Pistons. En vez de ir a más, como se esperaba de una joven y talentosa plantilla, las dos siguientes campañas se “perdieron» en el camino. Ganaron 44 y 41 partidos en fase regular, y cayeron en segunda y primera ronda, respectivamente. Entre medias, “La Tangana”. El vestuario se le fue de las manos a Carlisle, y Artest, quizá su jugador favorito, salió por la puerta de atrás a cambio de Stojakovic. Esta temporada se han quedado fuera de playoffs, lo cual tiene mérito con una plantilla así y con el nivel de la conferencia Este. Nada más concluir la temporada y confirmarse su ausencia en las eliminatorias por el título por primera vez en 10 años, los Pacers anunciaron el despido de Rick Carlisle, oficialmente en paro.

Caso 4) Gregg Popovich, el superviviente.

Su historia de adaptación y supervivencia comienza en su pasaporte, de padre serbio y madre croata. En lo deportivo, su trayectoria como técnico va unida a la de Tim Duncan. Ambos llegaron a San Antonio en la misma temporada, la 97-98. El estilo de Popovich siempre ha sido defensivo, pero en sus primeros años en el banquillo tejano la tendencia fue más acusada. La plantilla a su cargo era corta y aquella era la mejor manera de sacarla provecho. Su orientación defensiva contrastaba especialmente con las maneras en la conferencia Oeste, donde Sacramento (Webber, Divac, Jason Williams), Phoenix (Kidd, Chapman, “Penny”) o los Lakers (Eddie Jones, Van Exel, Kobe) marcaban la pauta estética. El éxito de los Spurs de Popovich en Playoffs siempre ha ido asociado a bajas audiencias televisivas, lo que no se explica sólo con aquello de que San Antonio es un mercado pequeño, sino más bien por el estilo de juego lento, machacón y previsible. A pesar del gusto de los aficionados, los Spurs se fueron convirtiendo en el caballo ganador. Así, jugadores importantes de la liga rebajaron su emonumentos para recalar en el equipo tejano y así poder ganar un anillo antes de retirarse: Van Exel, Robert Horry, Michael Finley o Glenn Robinson. La plantilla se fue alargando, ganando en quilates, lo cual permitió a Popovich aumentar la variedad de registros de los Spurs, adaptándose a los nuevos tiempos en la liga, donde los partidos a 60/70 puntos pasaron de moda. Un botón: en 2005 ganaron 4-1 la final de conferencia Oeste a los supersónicos Suns de Nash promediando 108 puntos por partido, les vencieron en su terreno. A día de hoy, Popovich conduce un todoterreno de seis marchas.
Pero el “giro al centro” estilístico no ha sido la única muestra de adaptación del técnico de San Antonio. Mientras Larry Brown, Carlisle y Van Gundy poco menos que vetaban a jugadores internacionales en sus plantillas (que pregunten a Milicic, Jasikevicius o Spanoulis, respectivamente), Popovich se ponía en sus manos para arropar a Duncan. Con Parker, Ginobili, Nesterovic y Oberto, entre otros, los Spurs se han convertido en la “dinastía” de lo que va de siglo XXI en la NBA. Sobresalen los tres títulos, pero también hay números que hablan de solidez. En ninguna de sus 10 campañas al frente del equipo San Antonio ha ganado menos del 64% de partidos en temporada regular, y solamente en los playoffs del 2000 los Spurs cayeron en primera ronda. Los datos avalan a Popovich. Sus tres compañeros de experimento se encuentran a día de hoy en el paro, y de él se dice ya que es el mejor entrenador de la década. Cuestión de evolución.

NBA – Postemporada a Este lado de la Unión

Detroit. Fin de ciclo.
Los ingredientes para llevarse la floja conferencia Este eran inmejorables: experiencia de campeones, un quinteto brillante y solvente, y dos buenos pivots reservas (McDyess y Maxiell). Su defensa no es lo que era y el banquillo en los puestos exteriores es casi nulo; pero lo que les faltó en la final de conferencia ante Cleveland fue ambición y frescura. Billups es agente libre este verano, querrá firmar el último gran contrato de su carrera y todo apunta a que cambiará de aires. A Webber le quedan dos telediarios de baloncesto y Wallace está de vuelta. Quizá intenten exprimir el modelo una temporada más y mantenerse entre los notables, pero con estas piezas ya no da para asaltar el título. Se avecinan tiempos de cambio en la Motown.

Orlando. Las limitaciones de Dwight Howard.
Una plantilla joven y de talento, el menú favorito de los Pistons. A nadie sorprendió que les barriesen. Se clasificaron para Playoffs a última hora (tras deshinflarse en la temporada regular, después de un esperanzador comienzo). Los Magic tienen al poderoso Dwight Howard como faro. Es un magnífico reboteador e intimidador, pero en ataque aún no es el dominador que de él se espera. Puede y debe mejorar sus recursos al poste y su manejo de balón: lideró la NBA en pérdidas y repartió menos de 2 asistencias por partido en los 37 minutos que jugaba por noche. Deben involucrar más a Grant Hill en el juego (si es que sigue en los Magic), que junto a Turkoglu y Trevor Ariza forma una línea exterior apañada. Milicic debiera crecer y arrebatarle a Tony Battie el puesto de titular en la pintura. El talón de aquiles lo tienen en el puesto de base. A Jameer Nelson le gusta más tirar que pasar y Carlos Arroyo no ha cuajado en Orlando.
Miami. Vergüenza torera.
Los Heat asustan por nombre, por el caché e historial de sus jugadores. Eddie Jones, Gary Payton, Alonzo Mourning y Antoine Walker fueron All-Star en otros tiempos, pero ahora son sólo viejos elefantes camino del desguace. Sus piernas no aguantaron el envite de los jóvenes y pujantes Bulls. La ausencia de Wade durante parte de la temporada y su hombro colgando en Playoffs hicieron el resto hasta el 4-0 en primera ronda. Fue una humillación, pero a las vacas sagradas del vestuario les debió dar un poco igual, ya habían logrado su objetivo el curso pasado: ganar un anillo antes de retirarse. La coda de esta temporada sobró. La renovación de la plantilla se espera profunda, se retirarán 2 o 3 jugadores, y otros tantos ya no están para jugar más de 25 o 30 minutos (por ejemplo, Shaquile O’neal). Al menos tienen la pieza angular entorno a la que reconstruir: Wade.

Chicago. En el cruce de caminos.
Dos jugadores prometedores han eclosionado definitivamente en la ciudad del viento para colarse en el estrellato de la liga: Ben Gordon y Luol Deng. Se merendaron a los campeones y pasaron a segunda ronda en la postemporada por primera vez desde los tiempos de Jordan. Pagaron la novatada contra Detroit: se estrellaron con la experimentada defensa de los Pistons y contra el desequilibrio de su propia ofensiva. Los Bulls sólo atacan por un frente, el juego exterior, donde suman el 80% de sus puntos (Gordon, Deng, Hinrich, Nocioni). En la pintura hay atletas, buenos defensores y reboteadores (Ben Wallace, PJ Brown y Tyrus Thomas), pero falta talento, recursos. El desequilibrio de su ataque les limita, y difícilmente crecerán más allá de la segunda ronda sin anotar en la zona. Seguirán entre los notables, pero para pensar a lo grande tendrán que arriesgar y apostar a lo grande. Empezando por rascarse el bolsillo y renovar a Nocioni, y continuando por romper el cerdito (soltar a alguna de sus dos estrellas) para llevar a Pau.

Toronto. Bases puestas.
La campaña de los Raptors ha sido magnífica. Se clasificaron brillantemente para la postemporada con un proyecto completamente renovado, haciendo un buen baloncesto y con jugadores jóvenes. Las bases están puestas. Su derrota en primera ronda contra los Nets duele (a Bosh le deslumbraron los focos de los playoffs), pero para empezar está bien lo conseguido. Les sirvió para aprender a competir, el año que viene serán más duros. Cuentan con una potente dupla en la dirección (Calderón y TJ Ford), aleros solventes no exentos de calidad (Anthony Parker, Jorge Garbajosa, Carlos Delfino, Morris Peterson y Juan Dixon) y, sobre todo, dos pívots llamados a marcar época (Bargnani y Bosh).

New Jersey. Señales contradictorias.
Con la sensible baja de Nenad Krstic, que les privaba de referencia ofensiva en la zona, consiguieron eliminar a Toronto sin ventaja de campo y complicarle la vida a los Cavaliers finalistas en segunda ronda. Suena a buen balance. Jasón Kidd estuvo sublime en Playoffs, Carter irregular pero desequilibrante y Jefferson notable, sobrio. Además, Nachbar se ha confirmado como una cuarta vía. La recuperación de Krstic debiera esperanzarles para competir por llegar muy lejos la próxima campaña, pero la sensación que transmite el equipo es de estar de vuelta. Carter y Kidd copan a diario rumores de traspaso, y el 2 del pasado draft (Marcus Williams) ha resultado una decepción. El quinteto Kidd, Carter, Jefferson, Nachbar y Krstic suena a dinamita en la conferencia Este. Con los roles bien asignados y todos remando del mismo barco podrían apuntar lejos.

Cleveland. Los réditos del cuponazo.
El gordo de navidad de hace cuatro años no cayó el Sort, sino en Cleveland. Ciudad históricamente dejada de la mano de dios, en general, y del baloncesto, en particular. Los millones llegaron de manera indirecta, adosados a la nueva imagen de su franquicia: Lebron James. Pero este año han llegado también victorias, y de que manera. Con la inestimable colaboración de una plantilla completa y de calidad, repleta de burgueses en papel proletario (Illgauskas, Larry Hughes, Drew Gooden, Donyell Marshall y Damon Jones), a la que se han sumado dos agradables revelaciones en los puestos exteriores (Daniel Gibson y Shasha Pavlovic), James ha guiado a los Cavaliers a las finales. Fueron barridos por los Spurs porque sencillamente son peores. Pero su primera incursión en la elite les llevó muy lejos. La evolución de Lebron, de manera que aprenda a brillar sin eclipsar a sus propios compañeros, marcará el futuro del equipo.

Washington. Vuelo Rasante.
Aunque han pasado algunos años, los Wizards arrastran aún la herencia de la nefasta dirección de Jordan despachos (“regalar” a Billups y Hamilton, desperdiciar un nº 1 del draft en Kwane Brown…). La plantilla es corta y desequilibrada. La tripleta exterior (Arenas, Jamison y Butler) asusta en ataque, pero son unidireccionales, el defender no va con ellos. El juego interior es una nulidad: Brendan Haywood, Michael Ruffin y Ettan Thomas. El fichaje de DeShawn Stevenson procedente de Orlando ha decepcionado. Desde el banquillo, Songaila y Antonio Daniels aportan bríos. Es un propuesta agradable para el espectador, pero con semejante retaguardia en postemporada no se llega lejos. Las lesiones les coartaron en playoffs, pero su techo es bajo.

NBA – "El gran espectaculo"

Días antes del inicio de las finales de conferencia apareció un informe que revelaba la pérdida de interés de los aficionados en los Playoffs de la NBA. Las audiencias de televisión se resentían, una nueva final San Antonio – Detroit se vislumbraba en el horizonte y los seguidores cambiaban de canal. Añadía la encuesta que sólo una eventual aparición de un jugador con gancho como Lebron James, al frente de los Cavaliers en las finales, podría recuperar la audiencia. Dicho y hecho.
«Un clásico de todos los tiempos», «histórico», «coronación». Titulares de esta índole se despacharon en las redacciones de medio mundo para describir la actuación de James en el 5º encuentro de la final de conferencia Este. Fueron 48 puntos, nueve rebotes y siete asistencias en un encuentro que se resolvió tras dos prórrogas por 109-107 a favor de Cleveland. Parecía obvio que el espectáculo había sido grandioso, uno de esos partidos que recuerdas con añoranza y una cerveza pasados los años, por eso los comentaristas recomendaron poner a grabar el vídeo a partir del primer tiempo extra.
No será el arribafirmante quien niegue la categoría e impacto de Lebron James, ni que aquella noche estuvo inspirado, pero un ruido mediático excesivo rodea al chico, haciendo perder la perspectiva de lo verdaderamente logrado.
Los Pistons son una gran plantilla, algo envejecida, que en sus dos últimas apariciones en Playoffs ha concurrido con el depósito en reserva y perdiendo fuelle en cada partido, hasta llegar grogui a la final de conferencia. El quinto encuentro de la serie de este curso era decisivo. Tirando de experiencia y aislados destellos de sus otrora estrellas controlaron el encuentro en los tres primeros cuartos. No jugaban fluido, no jugaban a nada, pero les valía contra los Cavaliers. Nadie se engañe, el último cuarto no fue un épico intercambio de canastas con Lebron a puerta gayola. Fue un cúmulo de despropósitos, un «quiero y no puedo» de ambos conjuntos. Con dos tantos arriba y un par de libres a favor se plantó Cleveland a un minuto y medio por jugarse, una buena oportunidad para dejar el duelo casi sentenciado. ¿Qué hizo «El Elegido»? Fallar los dos tiros libres. De camino a esos 48 tantos se dejó un par de tiros de media distancia que no tocaron ni aro, del estilo de los que lanzaba en el Mundial de Japón del año pasado.
La mayoría de su anotación llegó de penetraciones por el lado derecho, el gran estándar de su repertorio, en el que luce más físico que técnica. James posee un físico privilegiado y dominador, amén de un carácter competitivo y un juego completo, pero «el nuevo Michael Jordan» no es ningún dechado de talento ni fundamentos y su tiro es tosco e irregular (aquella noche salió «cara»). El «gran espectáculo» se alargó hasta las cuatro horas de duración, salpicado de interminables tiempos muertos y errores arbitrales clamorosos, decisivos y reiterados en ambas direcciones (por ejemplo, en el último ataque de Detroit, en el que pudo empatar el encuentro y forzar una tercera prórroga, Varejao cometió una clara falta sobre Rasheed Wallace en pleno lanzamiento que no fue señalada). Tras 240 minutos frente al televisor, se habían visto 34 canastas de Detroit y 37 de Cleveland (71 en total). Es decir, cada tres minutos y medio de luchar contra el sueño en la madrugada veías el balón entrar una vez por el aro.
Dado que este circo es un negocio, en pos de incentivar audiencia y hacer más atractivo el producto, quizá la NBA podría plantearse algo distinto a inflar el globo de las estrellas emergentes. Por ejemplo, reconsiderar sus listones de permisibilidad y criterio arbitral en Playoffs (para que no se repitan casos como los de Diaw y Stoudemire, sancionados por ridiculeces para el partido decisivo, mientras los leñeros hacen de la postemporada su cortijo) o las normas sobre el número de tiempos muertos disponibles y su duración.
Lebron ya está en la final, según el aquel informe, las audiencias se verán incrementadas y se venderán más camisetas, y todos felices…