Soy dirigente de un equipo humilde de ACB. Estamos pelaos’. Mucho más de lo que me gustaría reconocer. El patrocinador aporta la mitad de dinero que el año pasado y ya me ha dicho que el curso que viene no cuente con él, que «no está el horno para bollos». El Ayuntamiento suelta calderilla tarde, mal y nunca. En la Diputación Provincial hace tiempo que no me contestan las llamadas. Le debo una mensualidad a ‘los chicos’, camino de la segunda. Al cuerpo técnico… le debo cuatro.
La plantilla, más que corta, es cogida con alfileres. Veteranos de vuelta, americanos de ‘Todo a 100’, canteranos voluntariosos… y ese jugador que apuntaba maneras el año pasado, que por fin ha despuntado. Llámese Joe Ingles, Rodrigo San Miguel, Esteban Batista o Carlos Suárez. El equipo va corto pero cumple objetivos. A esas llama a mi puerta el poderoso caballero: Don Dinero. Sea Barca, Baskonia o Madrid…
Sabe que estamos en apuros, no viene a negociar. La cifra ya está escrita, el cheque encima de la mesa caduca mañana. Odio su arrogancia y los trajes de marca, pero hacía años que no veía tantos ceros juntos, desde los tiempos de bonanza en los 90. Hay los ceros suficientes para sanear el club. Sin alardes, para ir tirando. Pero es mitad de temporada y no hay sustituto en el mercado para mi jugador franquicia. Es probable que sin él bajemos. ¿Cómo exijo a mi entrenador ganar este domingo? ¿Cómo encuentro un patrocinador en LEB el año que viene? ¿Cuántos años y dinero cuesta volver a la ACB? ¿Qué debo hacer, señor Portela? ¿Es esta la competición que quiere?
*Lectura recomendada: «Vender o no vender a Cabezas», en Puertatrás.wordpress










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