NBA – Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto

Perder en casa con el peor equipo de la liga, Boston Celtics, fue sólo un traspiés en el camino para unos Houston Rockets con McGrady y Yao Ming en la enfermería. El equipo, cómodamente clasificado entre los notables de la potente conferencia Oeste, tuvo un día nublado, en el que llovieron piedras de Shane Battier y Rafer Alston (1 de 12 y 1 de 11 tiros de campo respectivamente), la clase burguesa del equipo tejano, sobre la que recaen responsabilidades cuando faltan las dos estrellas (bastante a menudo, por cierto).
El entrenador de los Rockets es Stan Van Gundy, un estudioso del deporte de la canasta, que pasa las noches en vela con la única compañía de vídeos de partidos y una Cola Light para aguantar el tirón. Entre todos esos vídeos estarán seguro algunos del Mundial de Baloncesto de Japón, donde un escolta griego condujo, en compañía del gran Papaloukas, a su selección hasta la orilla de la gloria, pasando por encima de la todopoderosa selección estadounidense. Un jugador capaz de liderar la ofensiva helena que llevó al colapso del conjunto americano en Japón tenía hueco en la mejor liga del mundo, así que la franquicia que entrena Van Gundy fichó este verano a Spanoulis.
Cuando el pasado 26 de enero los Rockets apedreaban el aro del farolillo rojo de la NBA camino de su poco decorosa derrota en casa por 72-77, el sesudo técnico tejano tiró del mediocre banquillo con el que cuenta en busca de soluciones. Todo jugador que vistiese el chándal de los Rockets y merodease por la zona técnica del Toyota Center, incluidos los jornaleros de paso y bajos fondos que completan las convocatorias de los equipos NBA, gozaron de sus minutos de gloria para enmendar el desaguisado: Chris Hayes, John Lucas, Steve Novak y Kirk Snyder. Todos menos uno, la estrella de la selección griega campeona de Europa y subcampeona del mundo, Vasilis Spanoulis.
Con un total de 10 minutos jugados en todo enero y 23 en los 12 partidos de febrero, catalogar al griego de marginado en la franquicia tejana es sólo una obviedad.

El caso de Spanoulis con Van Gundy no es aislado, y así encontramos en la liga más entrenadores de ideas reaccionarias que “vetan” a jugadores europeos, por muy extenso y contrastado que sea su currículo y/o condiciones.
El pívot serbio Darko Milicic fue elegido en el número 2 del draft de hace 3 años (incluso por delante de Carmelo Anthony), pero su enorme proyección se vio condenada por su entrenador Larry Brown, a cuya sombra languideció en el banquillo de los Detroit Pistons, esperando tiempos mejores. A finales de la temporada pasada fue traspasado a Orlando Magic, donde desde entonces le aplican terapia de regresión (dosificándole en sesiones de 24 minutos por partido desde el banquillo) para que vaya recordando cómo se jugaba al baloncesto.

Pero si hay un caso paradigmático, ése es el de Sarunas Jasikevicius. Mejor base europeo de los últimos 5 años, aburrido de ganarlo todo y ya sin retos en el viejo continente, cruzó el Atlántico para medir su valía en la NBA y pasar a la categoría de leyenda (como hicieran Kukoc, Petrovic o Sabonis). En ese camino hacia la inmortalidad se topó Rick Carlisle en los Indiana Pacers, técnico adorado por críticos y academicistas de manual, de los que conducen la nave por guarismos bajos y guerras de guerrillas. En su primera temporada, el lituano fue el reserva de Jamal Tinsley, un base hipocondríaco al que le quema el balón en las manos cuando llegan tiempos de Playoff. En éste, su segundo año en la liga, “Saras” vio como hasta Darrell Amstrong, toallero voluntarioso que coquetea con la cuarentena, le pasaba en la rotación, condenándole al ostracismo absoluto. Su traspaso a Golden State a mediados del pasado enero, donde sólo juega 14 minutos por noche, no ha revocado su sentencia, es sólo un capítulo de relleno en una historia sin final feliz.

NBA – »With a little help from my friends»

A mediados de diciembre pasado, Denver Nuggets adquirió en traspaso a Allen Iverson. El jugador procedente de Philadelphia 76ers es el que más puntos ha anotado en la NBA durante los últimos 10 años, y la idea de juntarle con Carmelo Anthony, máximo encestador de la temporada, armaba a los de Colorado con, a priori, una de las mejores parejas exteriores que nunca haya pisado un parquet.
El precio fue alto, pero razonable. Se desprendían de su base titular, Andre Miller, un director de juego sólido y sin aspavientos. El otro sacrificado fue Earl Boykins, favorito de los aficionados y todo un ejemplo de superación, en la élite con su metro sesenta y cinco. Uno de esos jugadores que encanta ver por la tele pero no querrías en tu equipo si fueses entrenador.
Iverson es un caníbal, un anotador voraz, que además de 30 puntos por partido, arrastra con él todo un rentable aparato de merchandasing, desde su posición de icono publicitario de Reebok en la liga americana.
El destierro de Carmelo en el purgatorio tras su percance pujilístico en el Garden retrasó el encuentro al 22 de enero. Aquel día los aficionados de Denver vieron vencer a su equipo a los Grizzlies de Gasol, colistas de la NBA. Para los más optimistas aquello era sólo un calentamiento de motores: la dupla aunó 51 puntos para deshacerse de un rival de baja estofa, aguardando retos mayores.
Pero cuando éstos han llegado, el experimento no ha dado los frutos esperados. Los Nuggets han disputado 18 partidos con ambas estrellas en cancha, de los que sólo han ganado siete, sólo uno ha sido a equipos de Playoff: Indiana Pacers. Con ese balance no da más que para hacer equilibrismos de cuentas (27 ganados – 29 perdidos) en el alambre del octavo puesto de la Conferencia Oeste, el último que da acceso a Playoff. Poco botín para tan altas expectativas.
El cambio no varió el panorama en la zona: Kenyon Martín lesionado a largo plazo, Marcus Camby mantiene sus números de gladiador en rebotes y tapones, mientras que Nájera y Evans son peones de la construcción, pero carecen de entidad como para abrir un segundo frente desde el juego interior. El único que podría aportar algo de luz es Nene Hilario. El brasileño tiene condiciones para anotar al poste, pero su rendimiento es a día de hoy una incógnita tras pasar toda la temporada pasada lesionado.
En el perímetro reina el caos. El lituano Limas Kleiza y el base tirador procedente de Milwakee, Steve Blake, son fichas de relleno. El crecimiento de un escolta de proyección como J. R. Smith se vio frenada por la nueva configuración de la plantilla, le faltan minutos y balones.
La marcha de Andre Miller dejó al equipo sin un referente que suba el balón y administre con criterio. Esas tareas recaen ahora en Iverson, que se encuentra como pez fuera del agua, obligado a reprimir su instinto anotador. Igual que en el Valencia quieren ver a Joaquín desbordar como en el Betis pero defendiendo como Angulo, los Nuggets pretenden que el ex de los Sixers pase como lo hacía Miller sin perder la sana costumbre de no bajar de 30 puntos. Sin embargo, las 6 asistencias que reparte por encuentro desde su llegada a Colorado se antojan pocas habida cuenta de los más de 42 minutos de media que pasa en cancha.
Desde su regreso, Carmelo sigue anotando cada noche por encima de la treintena, cobrándose 24 tiros por partido, que se suman a los 20 de Iverson. Si en la NBA cada equipo lanza una media de 75 veces por choque, los 44 que se funde la pareja dejan un estrecho margen de apenas 30 tiros a repartir entre los otros ocho jugadores de la rotación (3’8 por cabeza).

En estas circunstancias el éxito del equipo pasa por:
1) Tratamiento de choque para Carmelo e Iverson: regalarles el St. Peepers de los Beatles y obligarles a reflexionar sobre el sentido de la letra de With a little help from my friends. El efecto esperado sería la reestructuración del ataque de los Nuggets, con más balones para Hilario y Smith.
2) De perdidos al río. Que Spalding abra una fábrica en Colorado con sede en la cancha de los Nuggets.

CRÍTICA – "Entorno culinario del master de perodismo"

El reinado del «Freiduría», un ejemplo de política de fidelización
La falta de una cafetería o comedor en el edificio del master, ha llevado a sus alumnos a buscar un templo donde alimentarse diariamente a precios universitarios. Aunque desde estas líneas defendemos la diversidad como fórmula idónea, no está de más una crítica culinaria de los restaurantes y bocadillerías de la zona para ilustrar a las generaciones venideras.
Mc’Donalds
La política del Mnisterio de Sanidad de criminalizar los Big Mac, ese compañero de aventuras en las noches de parranda, ha convertido a los Mc’Donald’s en lugares de culto para toda una generación, un símbolo de rebeldía culinaria, un punto de encuentro con hamburgesas tamaño duende de fino sabor a plástico.
‘Q Comes’
En el Q comes se sirven ensaladas para metrosexuales a precios aristocráticos. Es una opción recomendable para los viernes, para ilustrados y ortodoxos con cargo de conciencia tras las cervezas irlandesas de la alternativa noche del jueves. Sus colines para acompañar las ensaladas, que hacen las delicias del diplomático señor Soriano, son de lo más inn.
‘Telepi’
El Telepizza es como una mujer despechada y volupuosa, no hace prisioneros ni deja margen a la imaginación. Asegura una digestión dilatada en el tiempo, de las de pasar la tarde viendo tropezones en vez de teletipos.
Máquinas expendedoras Lo mejor que se puede decir de los cafés de as máquinas expendedoras del edificio es que están calentuitos, y que saben a tóner de impresora. Sin embargo, las Conchas y los Tender de Milka representan la burguesía de la bollería industrial y un saludable hábito matutino. No se dejen engañar por la adicción de Regalado a los sándwiches de cangrejo, es un pelagatos trasnochado. Si lo que buscan es el auténtico sabor gallego, no lo duden, la empanada de atún será un auténtico acierto.
‘Inframer’, el engaño
El Framer tiene una ubicación estratégica que cada año le asegura réditos con los desubicados alumnos del master en los primeros días de clase. Como los ligues de una noche, todo se ve distinto a la luz del día y la experiencia, dejando al descubierto que con camarero pseudo-graciosos y bocadillos poco generosos, Eloy acertó al rebautizarlo como Inframer.
‘Freiduría’
El bar restaurante Freiduría representa todo lo bueno de la cultura madrileña, las cervezas y las raciones por cuenta de la casa son un ejemplo de fidelización de clientela de los que no se enseña en los 5 años de carrera de Publicidad. Aunque no se limitan a tapas de tortilla y panceta, sino que igual se lucen con una tabla de ibéricos que se coronan con un navideño cava Freixenet. El trato es cordial y viril, igual que sus bocadillos, de proporciones generosas y grasas animales. La decoración austera y hogareña, se aliña con la fauna de su barra, digna de un estudio sociológico de la España cañí.
‘Duende Matto’
Ejemplo de que la virtud reside en el término medio es el Duende Matto. Igual encuentras ensaladas para momentos de conciencia saludable, que un contundente bocadillo de salchichas para los arranques de irracionalidad. Es algo caro y queda un poco alejado, pero su variedad es el recurso perfecto para las anárquicas salidas en grupo.

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La falta de una cafetería o comedor en el edificio del master, ha llevado a sus alumnos a buscar un templo donde alimentarse diariamente a precios universitarios. Aunque desde estas líneas defendemos la diversidad como fórmula idónea, no está de más una crítica culinaria de los restaurantes y bocadillerías de la zona para ilustrar a las generaciones venideras.
Mc’Donalds
La política del Mnisterio de Sanidad de criminalizar los Big Mac, ese compañero de aventuras en las noches de parranda, ha convertido a los Mc’Donald’s en lugares de culto para toda una generación, un símbolo de rebeldía culinaria, un punto de encuentro con hamburgesas tamaño duende de fino sabor a plástico.
‘Q Comes’
En el Q comes se sirven ensaladas para metrosexuales a precios aristocráticos. Es una opción recomendable para los viernes, para ilustrados y ortodoxos con cargo de conciencia tras las cervezas irlandesas de la alternativa noche del jueves. Sus colines para acompañar las ensaladas, que hacen las delicias del diplomático señor Soriano, son de lo más inn.
‘Telepi’
El Telepizza es como una mujer despechada y volupuosa, no hace prisioneros ni deja margen a la imaginación. Asegura una digestión dilatada en el tiempo, de las de pasar la tarde viendo tropezones en vez de teletipos.
Máquinas expendedoras Lo mejor que se puede decir de los cafés de as máquinas expendedoras del edificio es que están calentuitos, y que saben a tóner de impresora. Sin embargo, las Conchas y los Tender de Milka representan la burguesía de la bollería industrial y un saludable hábito matutino. No se dejen engañar por la adicción de Regalado a los sándwiches de cangrejo, es un pelagatos trasnochado. Si lo que buscan es el auténtico sabor gallego, no lo duden, la empanada de atún será un auténtico acierto.
‘Inframer’, el engaño
El Framer tiene una ubicación estratégica que cada año le asegura réditos con los desubicados alumnos del master en los primeros días de clase. Como los ligues de una noche, todo se ve distinto a la luz del día y la experiencia, dejando al descubierto que con camarero pseudo-graciosos y bocadillos poco generosos, Eloy acertó al rebautizarlo como Inframer.
‘Freiduría’
El bar restaurante Freiduría representa todo lo bueno de la cultura madrileña, las cervezas y las raciones por cuenta de la casa son un ejemplo de fidelización de clientela de los que no se enseña en los 5 años de carrera de Publicidad. Aunque no se limitan a tapas de tortilla y panceta, sino que igual se lucen con una tabla de ibéricos que se coronan con un navideño cava Freixenet. El trato es cordial y viril, igual que sus bocadillos, de proporciones generosas y grasas animales. La decoración austera y hogareña, se aliña con la fauna de su barra, digna de un estudio sociológico de la España cañí.
‘Duende Matto’
Ejemplo de que la virtud reside en el término medio es el Duende Matto. Igual encuentras ensaladas para momentos de conciencia saludable, que un contundente bocadillo de salchichas para los arranques de irracionalidad. Es algo caro y queda un poco alejado, pero su variedad es el recurso perfecto para las anárquicas salidas en grupo.