NBA – ”With a little help from my friends”

A mediados de diciembre pasado, Denver Nuggets adquirió en traspaso a Allen Iverson. El jugador procedente de Philadelphia 76ers es el que más puntos ha anotado en la NBA durante los últimos 10 años, y la idea de juntarle con Carmelo Anthony, máximo encestador de la temporada, armaba a los de Colorado con, a priori, una de las mejores parejas exteriores que nunca haya pisado un parquet.
El precio fue alto, pero razonable. Se desprendían de su base titular, Andre Miller, un director de juego sólido y sin aspavientos. El otro sacrificado fue Earl Boykins, favorito de los aficionados y todo un ejemplo de superación, en la élite con su metro sesenta y cinco. Uno de esos jugadores que encanta ver por la tele pero no querrías en tu equipo si fueses entrenador.
Iverson es un caníbal, un anotador voraz, que además de 30 puntos por partido, arrastra con él todo un rentable aparato de merchandasing, desde su posición de icono publicitario de Reebok en la liga americana.
El destierro de Carmelo en el purgatorio tras su percance pujilístico en el Garden retrasó el encuentro al 22 de enero. Aquel día los aficionados de Denver vieron vencer a su equipo a los Grizzlies de Gasol, colistas de la NBA. Para los más optimistas aquello era sólo un calentamiento de motores: la dupla aunó 51 puntos para deshacerse de un rival de baja estofa, aguardando retos mayores.
Pero cuando éstos han llegado, el experimento no ha dado los frutos esperados. Los Nuggets han disputado 18 partidos con ambas estrellas en cancha, de los que sólo han ganado siete, sólo uno ha sido a equipos de Playoff: Indiana Pacers. Con ese balance no da más que para hacer equilibrismos de cuentas (27 ganados – 29 perdidos) en el alambre del octavo puesto de la Conferencia Oeste, el último que da acceso a Playoff. Poco botín para tan altas expectativas.
El cambio no varió el panorama en la zona: Kenyon Martín lesionado a largo plazo, Marcus Camby mantiene sus números de gladiador en rebotes y tapones, mientras que Nájera y Evans son peones de la construcción, pero carecen de entidad como para abrir un segundo frente desde el juego interior. El único que podría aportar algo de luz es Nene Hilario. El brasileño tiene condiciones para anotar al poste, pero su rendimiento es a día de hoy una incógnita tras pasar toda la temporada pasada lesionado.
En el perímetro reina el caos. El lituano Limas Kleiza y el base tirador procedente de Milwakee, Steve Blake, son fichas de relleno. El crecimiento de un escolta de proyección como J. R. Smith se vio frenada por la nueva configuración de la plantilla, le faltan minutos y balones.
La marcha de Andre Miller dejó al equipo sin un referente que suba el balón y administre con criterio. Esas tareas recaen ahora en Iverson, que se encuentra como pez fuera del agua, obligado a reprimir su instinto anotador. Igual que en el Valencia quieren ver a Joaquín desbordar como en el Betis pero defendiendo como Angulo, los Nuggets pretenden que el ex de los Sixers pase como lo hacía Miller sin perder la sana costumbre de no bajar de 30 puntos. Sin embargo, las 6 asistencias que reparte por encuentro desde su llegada a Colorado se antojan pocas habida cuenta de los más de 42 minutos de media que pasa en cancha.
Desde su regreso, Carmelo sigue anotando cada noche por encima de la treintena, cobrándose 24 tiros por partido, que se suman a los 20 de Iverson. Si en la NBA cada equipo lanza una media de 75 veces por choque, los 44 que se funde la pareja dejan un estrecho margen de apenas 30 tiros a repartir entre los otros ocho jugadores de la rotación (3’8 por cabeza).

En estas circunstancias el éxito del equipo pasa por:
1) Tratamiento de choque para Carmelo e Iverson: regalarles el St. Peepers de los Beatles y obligarles a reflexionar sobre el sentido de la letra de With a little help from my friends. El efecto esperado sería la reestructuración del ataque de los Nuggets, con más balones para Hilario y Smith.
2) De perdidos al río. Que Spalding abra una fábrica en Colorado con sede en la cancha de los Nuggets.
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