
El Madrid atraviesa a nivel de club un tiempo de estrecheces económicas, digamos al menos que las vacas gordas y los fichajes galácticos quedaron atrás. Negarlo sería de necios, en vista de la desinversión de dos años a esta parte en el buque insignia , el equipo de fútbol, basta comparar el gasto en fichajes respecto a años anteriores y a rivales directos. La obra prevista en el Bernabéu, que se adjudicará en 2019 y rondará los 400 millones , tras una serie de modificaciones en el proyecto para contentar al Ayuntamiento, es uno de los motivos de la política actual de contención.
En la sección humilde los efectos de esa desinversión son más suaves, en lo que se refiere a potencial del roster. Por una parte, porque el gasto en la plantilla, si excluimos la millonada en primas que ha costado el doblete (entre 6 y 9 millones, según mis fuentes), apenas ha variado en los últimos años, sin los dispendios de otros en transfers e indemnizaciones. En el contexto actual del basket europeo, con la devaluación de la lira turca y la timidez del CSKA , mantener el presupuesto alcanza para resistir en la élite si haces bien las cosas. Una lógica que no aplica en la misma medida al fútbol, cuyo mercado asiste a una fuerte inflación, empujado por Barca y PSG.
Por otra parte, desde la contención y la estabilidad presupuestaria, el Madrid de basket se ha basado en tres factores principales para no perder competitividad: la continuidad en banquillo y despachos, el tino en los fichajes de jugadores sin cartel (ni sueldo) de estrella y la aportación de la cantera. Con esa receta ha logrado la sección enjuagar, recordemos, bajas muy sensibles los tres últimos veranos, a saber, la salida de Chacho a la NBA, la lesión de Llull para casi un año y este julio la marcha de Doncic, tres de los últimos cuatro MVPs de la Euroliga, ahí es nada.
La marcha de Rodríguez se tapó con cantera (Luka), la lesión del menorquín, confiando en uno que ya estaba (Facu) y la de Doncic, apostando por la recuperación de Llull y en menor medida por la evolución de dos fichajes a priori sin relumbrón, como Deck y Prepelic.
En realidad, si uno revisa las 7 incorporaciones del Madrid de basket desde junio de 2017, su caché y el ruido e ilusión que generó su llegada, tanto en afición como en prensa, no pareciera que habláramos del vigente campeón de Europa. Sólo dos de esos siete tenían experiencia Euroliga previa, Causeur y Kuzmic, y sólo uno, Tavares, fichó con un salario bruto superior al millón de euros…
– Chasson Randle, D-League
– Melwin Pantzar, canterano
– Fabien Causeur, Brose Bamberg
– Gabriel Deck, San Lorenzo
– Prepelic, Levallois, agente libre
– Kuzmic, Estrella Roja
– Tavares, D-League
Por comparar, de los 14 fichajes del Barça en el mismo periodo, 9 firmaron por más de un millón anual de salario bruto y 11 tenían experiencia Euroliga previa, todos menos Pustovy, Smits y Reynolds.
Hasta aquí ha llegado la paciencia del Madrid con Randolph. 
Echa el cierre otro lastimoso curso de baloncesto en Barcelona, lejos del top8 Euroliga y eliminado en semifinales de la ACB, con alrededor de 30 millones de presupuesto, cuarto del continente. No hay Copa del Rey que maquille esto. Es difícil establecer el punto exacto del comienzo de esta crisis, que dura ya varios años, aunque sí sabemos que coincide en el tiempo con el auge del Madrid y que se aceleró con el despido de Xavi Pascual. Tras todos los síntomas, en los que ahora me detendré, está una enfermedad evidente, la ausencia de proyecto, una sección sin rumbo, tan pobre que lo único que tiene es dinero.
No hay figura en el aficionado español que aborrezca tanto como la del ‘yo-ya-lo-dije’. Es el tertuliano que tiene una opinión absoluta e inamovible, por la que augura que este jugador o aquel entrenador es buenísimo o va a fracasar, a pelo, sin matices, le encanta porque “le echa huevos” o le lapida porque “es un chulo”. No me refiero a apuestas, quinielas o porras, que son harina de otro costal.
La de 2015 en Madrid supo a gloria tras dos décadas de travesía por el desierto y dos finales pérdidas, pero ésta, la Décima, tiene infinitamente más mérito, una especie de confirmación, ya sin el asterisco de haber tenido que esperar a jugar como anfitrión para ganarla. Se consumó en Belgrado, ante 12.000 turcos en las gradas, a donde llegó el grupo sobreponiéndose a un inaudito reguero de contratiempos. Diría más, este título bien puede ser el mayor logro de la sección desde que tengo uso de razón, la obra maestra de Laso, una hombrada que le eleva al Olimpo del madridismo, el más grande que se ha sentado en este banquillo ya sólo tras Ferrándiz.

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