
El deporte profesional, y el baloncesto no es excepción, se empieza a enfrentar estos días a una disyuntiva, la del regreso, cuándo y en qué condiciones se podrá y merecerá la pena reanudar la competición. No será pasado mañana, pero ese momento llegará.
Las competiciones parecen decididas a intentar acabar la temporada, sin publico y en sede neutral, jugando en julio si fuese necesario (y posible, claro), extendiendo por un mes los contratos de jugadores que finalizaban el 30 de junio. La ACB, por ejemplo, baraja las islas Canarias y Andorra para un formato exprés, en el que participarían los 12 primeros clasificados hasta el cierre. El Estudiantes, por tercera vez, se salvaría en los despachos…
La Euroliga, por su parte, estudia jugar las seis jornadas que restaban de fase regular y una Final a 8, todo en una sede neutral, seguramente Lituania, cuyas ciudades están cerca unas de otras, cuentan con buenos pabellones y apenas se han visto afectadas por el virus (por ahora). En el caso de la Euroliga, además de la evolución sanitaria, todo planteamiento está condicionado a la reapertura de fronteras nacionales, y no solo las europeas sino también la estadounidense, puesto que algunos jugadores americanos se marcharon a su país y están pasando allí el confinamiento.
De entre todos los asteriscos a estos planes de contingencia, hay uno particularmente sensible para el aficionado, el de si merece o no la pena jugar deporte de élite a puerta cerrada, sobre lo que he leído opiniones opuestas.
«Como bailar sin música»
No vamos a engañarnos, jugar a puerta cerrada es «como bailar sin música», que decía Galeano, el público aporta ambiente, morbo, tensión, ruido, color… e ingresos por ticketing. Pero vivimos tiempos excepcionales que requieren medidas excepcionales, y coincidiremos en que la peor pandemia en un siglo es un momento excepcional. Desde un punto de vista práctico, apenas un 10% de quienes ven un partido de baloncesto de élite hoy en Europa lo hacen en directo en el pabellón, el resto lo ve por televisión u ordenador.
Yo, como abonado, formo parte del 10% y doy por perdido el dinero equivalente a las entradas en Goya de lo que resta de temporada 2019-20, que además incluían los partidos más atractivos, los de cuartos de final de Euroliga y playoffs ACB.
Todos perdemos algo con esta situación, pero jugar sin público en directo permitiría adelantar enormemente la fecha de regreso de la competición (sea para terminar esta temporada o al menos para iniciar la próxima), puesto que no implicaría aglomeraciones de gente, que serán por lógica las últimas a las que se levante la restricción. Conciertos, fiestas religiosas/populares, recintos deportivos… Difícil imaginar su regreso antes de que haya vacuna.
Adelantar la vuelta jugando a puerta cerrada significa partidos retransmitidos, derechos de tv, publicidad… que la rueda del negocio vuelva a girar, aunque sea a menor velocidad, minimizando las pérdidas, que la solidaridad no paga los elevados salarios de los deportistas.
Sería, además, una dosis de opio para los aficionados, que estamos muy necesitados de algo que llevarnos a la boca, una señal de progresivo regreso a la normalidad, que el chicle de los partidos históricos no da para más.
¿Y qué opinan técnicos y jugadores?
Pues los entrenadores piden a los directivos que no se olviden de dar algunas semanas de margen para entrenar antes de retomar la competición, sino «esto puede parecer un solteros contra casados». Pensemos lo que es para un baloncestista profesional pasarse mes y medio sin lanzar ni una sola vez a canasta…
Y a los jugadores, bueno, pues en general no les hace ni pizca de gracia volver a competir antes de que «todo vuelva a la normalidad». Varios han expresado en público sus dudas, entre ellos Rudy, Trey o (muy vehementemente) Delaney, mientras que el sindicato español (ABP) lamenta la «falta de empatía» de los gestores de la liga con las preocupaciones de los jugadores. Gigi Datome, presidente del sindicato de jugadores de la Euroliga, se ha puesto especialmente digno: «Si juegas a puerta cerrada es porque hay un problema, y si hay un problema no tiene sentido seguir jugando». Una argumentación nivel Epi y Blas en unos tiempos que reclaman voluntad y altura de miras.
Aunque respeto y puedo entender el celo por la salud, los jugadores se deben a sus contratos (igual que cualquier empleado) una vez que las autoridades redacten protocolos de seguridad específicos con los que dar luz verde a algún tipo de nueva normalidad en el deporte. Cuando se supere el primer golpe del virus y se rebaje la saturación hospitalaria, toca adaptarse y reanudar nuestras vidas asumiendo cierto grado de riesgo de contagio, los deportistas igual que los hijos de vecino, porque la seguridad total, insisto, no va a existir hasta que no haya vacuna, y para esa falta al menos un año.
Ya lo veis, parroquia, el maldito Covid nos lo ha alterado todo, hasta el basket. Entiendo que las competiciones (ACB y Euroliga) apuren todavía plazos para intentar terminar la temporada de alguna manera, aunque sea en formato exprés, de fase final tipo Copa del Rey, a puerta cerrada y en sede única. Un mal menor para reducir las pérdidas y evitar que el palmarés quede desierto. Al fin y al cabo, no hay certezas más allá de 15 días vista, ni a nivel deportivo ni tampoco sanitario. Pero, muy a mi pesar, creo que tenemos que irnos haciendo a la idea de que la temporada 2019-20 ha terminado, que las prórrogas del estado de alarma se irán sucediendo hasta dejar sin opciones de calendario para terminar ligas. Muy especialmente las supranacionales, que necesitan del levantamiento de fronteras de múltiples países.


Tavares continuó explorando la línea argumental de mayor protagonismo ofensivo que ya dejó entrever en la Copa: esas 8 canastas de ayer son su tope en Euroliga este curso. Y los 13 tiros de campo lanzados, también. Se atreve con floaters en las continuaciones y está firmando porcentajes interesantes en semiganchos de espaldas a 2-3 metros que antes apenas frecuentaba. Dada su tremenda superioridad física, cualquier incorporación a su repertorio ofensivo cerca del aro resulta tremendamente productiva. Es curioso cómo el caboverdiano le ha pasado por la derecha a Vesely (MVP el curso pasado) en la aristocracia de la Euroliga. Mientras Edy emerge como center dominador de la competición, al checo pareciera que le hubiesen caído cinco años de golpe, reconvertido de castigador de los aros en estilista de la media distancia wannabe. Con los dominadores como ellos, puedes intuir la decadencia en el momento en que empiezan a alejarse del aro.
Todo funcionó como un reloj suizo en Estambul, ¡30 asistencias! Rudy fue clave en el segundo cuarto para cortar el conato de remontada y el dúo interior reserva, Thompkins-Mickey, vio el aro como una piscina olímpica (12 de 13 tiros de campo). Pero la mejor noticia para el Madrid fue el regreso a la rotación, a buen nivel y en plaza grande, de Garuba y Laprovitola.
Si el Madrid está en crisis, dadme muchas crisis de estas. Victoria en Berlín y se pone con dos partidos más average ya de ventaja sobre el cuarto clasificado, CSKA, que volvió a palmar. El triunfo en Alemania, eso sí, fue de frenopático, un encuentro de plusmarcas y extremos como no recuerdo, un ejercicio de irregularidad, resiliencia e inconsistencia. Por resumir la montaña rusa lo más rápido posible, para los rezagados: exhibición colectiva histórica en el primer cuarto (41 puntos anotados, récord de la Euroliga), seguido de un descalabro bíblico en el segundo (-26, el peor parcial del Madrid en la historia de la competición). Tavares desactivó al Alba en el tercero y Campazzo igualó el récord de asistencias de la competición en un partido (19). Randolph las metió de colores (27 puntos), Taylor hizo su partido más completo del curso y Carroll se reencontró con el baloncesto (27 puntos). Dejo a Jaycee para el final porque es la mejor noticia: no hace falta que enchufe 27 cada partido, con que recupere su nivel de acierto habitual será el mejor fichaje del equipo para la Copa, pues alivia el problema más acuciante a día de hoy, que es la falta de puntos de las alas.
La racha de derrotas (4 seguidas) se cerró oficialmente en Manresa el domingo, pero no la de mal juego, que se ganó con una versión pírrica. Faltaban, todo hay que decirlo, Randolph, Rudy y Mickey, que a veces nos pensamos que la plantilla es infinita y homogénea, y va a ser que no. El roster tiene 15 jugadores, pero los últimos 5 o 6 bajan bastante, en función de cómo esté Carroll, que ahora está mal. La dinámica negativa de juego la rompió el equipo ayer en Tel Aviv, primera jornada desde hacía 9 semanas con la plantilla al completo, desde el 22 de noviembre en Goya ante CSKA, para ser precisos.
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