NBA – A la deriva y sin visos de tocar tierra

Se dice que en el estado de Indiana se vive el baloncesto como un auténtica religión. La franquicia buque insignia de esa devoción, Indiana Pacers, celebró el pasado domingo su 40º aniversario. Lo hizo perdiendo en casa frente a Nueva Jersey, derrota que confirmó su ausencia en las eliminatorias por el título de la NBA por primera vez en los últimos 10 años.

Corren malos tiempos en Indianápolis. Nada queda de los Pacers que alcanzasen las finales en el año 2000. Con Larry Bird en el banquillo, veteranos de calidad como Reggie Miller, Rick Smits, Mark Jackson o Sam Perkins, y un par de duros (Antonio y Dale Davis), fueron el equipo que más le apretó las clavijas a los Lakers de O’neal y Kobe Bryant en aquellos 3 anillos angelinos consecutivos de comienzos de siglo XXI. La plantilla se fue renovando. El canje con Portland de Jermaine O’neal a cambio de Dale Davis fue uno de los grandes pelotazos de la liga en los últimos años. Las elecciones en el draft parecían un acierto año tras año: Austin Croshere, Al Harrington, Jonathan Bender, Jamal Tinsley y Fred Jones. A Larry Bird (que pasó a ocupar un puesto ejecutivo) le sucedió otra
antigua leyenda de las canchas: Isiah Thomas, con más experiencia frente a un micrófono que en los banquillos. El fichaje de Ron Artest a cambio de Antonio Davis (que hizo las maletas a Chicago), en el que también entró el efímero Brad Miller, fue un acierto a corto plazo. Una declaración de intenciones. Un par de años de transición después, Rick Carlisle sustituyó a Thomas como técnico de los Pacers. Procedente de Detroit Pistons, era un entrenador de corta trayectoria pero plenamente avalado por los resultados. Un técnico acorde con la corriente que imperaba en los banquillos de la liga: en su libreto de estilo la defensa aparecía con letra grande en portada. La franquicia, que durante la reconstrucción no dejó de concurrir religiosamente cada año en playoff, había armado un conjunto que aspiraba de nuevo a todo. Jermaine O’neal y Ron Artest lideraban el ataque y la defensa de un equipo que contaba aún con el mítico Reggie Miller, cuyo mero nombre sembraba el pánico en las defensas enemigas en cualquier final igualado. En 2004 rozaron las finales de la NBA, cayendo por 4-2 ante los Pistons de Larry Brown, en una de las Finales de Conferencia con los guarismos ofensivos más bajos que recuerdan los tiempos. La siguiente campaña debía ser una reválida para un conjunto que se había quedado a las puertas. Y el comienzo no pudo ser mejor: 8 victorias en 10 partidos, con Ron Artest promediando 24 puntos por noche.
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El comienzo del fin
Y llegó el día. El viernes 19 de noviembre de 2004 los Pacers viajaron a Detroit para batirse con los que fueran sus verdugos solo unos meses atrás. A falta de 45 segundos para el final del partido la venganza parecía consumada, Indiana estaba 15 arriba en el marcador (82-97). Aquel fue el comienzo del fin.
La secuencia se inició como una tangana de patio de colegio entre Artest y Ben Wallace. El 81 de Indiana se subió a las gradas para vengar la singular afrenta de un aficionado que le había lanzado un vaso de Coca-cola a medio llenar.
El Palace de Auburn Hills se convirtió en el cuadrilátero de una pelea al estilo de esas batallas universales de pressing catch en las que todos luchan contra todos, el público se apuntó a la fiesta y la policía se quedó de miranda.
Las suspensiones que acarreó el incidente lastraron al equipo, no solo deportivamente, sino también a nivel de reputación. A pesar
de las bajas, lograron un meritorio billete para los Playoffs de 2005,
aunque fuese para caer en primera ronda. La siguiente temporada regresó Artest. Los Pacers no dejaron de ser competitivos (sobradamente entre los 8 mejores de la débil Conferencia Este), pero la plantilla se había convertido en una jaula de grillos. Carlisle hacía encaje de bolillos para gestionar egos entre jugadores franquicia con maneras de camorristas de barrios bajos, como Stephen Jackson, Jermaine O’neal o el propio Ron Artest.
Con el entrenador superado por las circunstancias, se intentó dar un golpe de timón desde la dirección. Artest, considerado como la fuente de los problemas, salió de Indiana a cambio de Stojakovic (a años luz de ser del agrado del técnico). Las decisiones desde los despachos comenzaron a torcerse. El fichaje de Marquis Daniels como agente libre el pasado verano no ha aportado nada. Tanto empeño en repescar a Al Harrington de Atlanta para acabar traspasándolo a mitad de temporada junto a Stephen Jackson y Jasikevicius a Golden State a cambio de Troy Murphy y Mike Dunleavy, dos jugadores con clase y buena mano, pero dudoso carácter competitivo.
El descalabro de esta campaña se ha fraguado tras el parón del All Star, cuando engancharon una racha de 11 derrotas consecutivas, que igualaba el peor registro de la historia de la franquicia.La derrota del domingo ante Nueva Jersey es la 21ª en los últimos 27 partidos y cierra a los Pacers la puerta de los Playoff 10 años después. Una manera amarga de celebrar un 40 cumpleaños. La afición de Indianápolis, acostumbrada a ver a su equipo competir en la elite, afrontará una travesía por el desierto con una plantilla vulgar fruto de una mala gestión. Los Pacers son una franquicia a la deriva y sin visos de tocar tierra.

NBA – Pollos sin cabeza: del KFC a la NBA

Los pollos sin cabeza han dejado de ser exclusiva de KFC. Se extienden por las más selectas canchas de baloncesto del planeta. Al calor de una época en que un jugador vale lo que a la mañana siguiente dicen sus estadísticas en NBA.com, ha proliferado una peculiar estirpe de bases. Corren la cancha al contraataque como un seiscientos sin frenos, sin retrovisores ni airbag de serie. Lo importante es llegar el primero y saltar. Ya en el aires deciden entre lanzar a canasta un tiro de bajo porcentaje (eso sí, en pose acrobática que garantice, cuanto menos, puesto en las diez jugadas de la jornada) o pasar el balón, en caso de que algún visionario o precavido compañero le haya seguido en la expedición. Salvo honrosas excepciones de noches de gloria, ambas decisiones conducen a problemas. Sus notables números en puntos y asistencias, los ensucia una motita de polvo en el apartado de balones perdidos y % de tiros de campo en las que al día siguiente no se suele reparar.

Los errores del jefe
Véanse casos como: Mike James de Minnesota, Jameer Nelson de Orlando o Sebastián Telffair de Boston. A la cabeza, y nunca mejor dicho, de este singular club se sitúa T.J. Ford. El pasado verano, el ex de la universidad de Texas firmaba con Toronto Raptors un contrato de estrella. Un dudoso currículo, donde sólo brillan un par de temporadas de 7 asistencias por partido en un equipo de medio pelo, auspiciado por una de la mayores sequías de bases en la NBA en años, le valieron para arrancar a la franquicia canadiense un puro de 11 millones de dólares al año.
Los aficionados para los que la liga americana es el coeficiente de las estadísticas de los partidos con las 10 jugadas de la noche verán en T.J. Ford un base sobresaliente: promedios de 14 puntos y ocho asistencias, aliñados con alguna canasta circense y asistencia de sobaquillo.
Pero también hay seguidores que pasan noches en vela engullendo partidos de NBA, que prefieren ver a que se lo cuenten, con un libro de recetas en la mano que dice que el buen base es aquel que hace mejores a sus compañeros. Con ese criterio, sería interesante hacer una encuesta entre los jugadores de los Raptors preguntando (bajo estricto secreto de sumario) con quien se sienten más cómodos y más seguros (sí, cual anuncio de compresas), a quien prefieren en cancha, a Calderón o a Ford.
La respuesta la conoce hasta el propio entrenador, Sam Mitchell. Pero la asunción de sus consecuencias significaría airear públicamente el error del jefe, una bajada de pantalones de 11 millones de dólares anuales.

NBA – Walter Herrmann: "De entre los muertos"

Nieto de alemanes, Walter Herrmann nació en Santa Fe (Argentina) hace 27 años. Sus vuelos acrobáticos y su voracidad anotadora le valieron un billete al otro lado del Atlántico, para probar suerte en la ACB. Durante cuatro temporadas defendió la camiseta del Fuenlabrada. En el equipo madrileño creció hasta llegar a promediar 22 puntos por partido en la temporada 2003. Semejantes credenciales hacían de Herrmann una estrella de la liga española con sólo 23 años. Los grandes de la competición le pusieron en su punto de mira, y así en el verano de 2003 fichó por el Unicaja de Málaga. Días después de la firma de aquel contrato, el alero viajó a Argentina para jugar un amistoso con su selección nacional en La Plata, no demasiado lejos de su Santa Fe natal. Fue durante esa concentración cuando recibió una llamada que le cambió la vida. Su novia, su madre y sus dos hermanas habían fallecido en un accidente de tráfico. Una colisión frontal entre dos coches que se saldó con un total de 6 víctimas mortales.
Es difícil imaginar como puede reaccionar una persona de sólo 23 años ante semejante revés de la vida. Herrmann decidió continuar jugando al baloncesto. Aunque durante sus primeros meses en el Unicaja su rendimiento fue, en comparación con el cartel de estrella que le precedía, muy pobre, la afición malagueña le erigió en uno de sus favoritos, como un ejemplo de superación.
Tuvieron que pasar meses hasta que se atisbó algo de su mejor nivel. El tiempo, que todo lo cura, pasó y vio florecer de nuevo a Herrmann. Con un estilo menos acrobático pero con un tiro mejorado, se convirtió en uno de los baluartes del proyecto ganador que el entrenador italiano Sergio Scariolo estaba armando en Málaga.
Tras años coqueteando con la elite, la temporada pasada el Unicaja se sacudió complejos y cumplió con una cita que hacía tiempo tenía con la historia: conquistó su primer título ACB.
A sus éxitos en la liga española había que sumarle el título de campeón olímpico en Atenas 2004 con su selección nacional, aunque fuese en papel secundario, tras los consagrados aleros Ginobili, Nocioni y Delfino.
Semejante escaparate le sirvió para cautivar a ojeadores de la NBA. Entre ellos estaba Michael Jordan, metido a accionista y director deportivo, de quien dicen quedó prendado del juego de Herrmann con sólo verle un partido. Los amores a primera vista no hay que dejarlos pasar. Así, Jordan no perdió tiempo y el pasado verano reclutó al argentino para sus recién nacidos Charlotte Bobcats. La franquicia de Carolina del Norte debiera haber sido un trampolín excelente para que se luciese y continuase su progresión: un equipo sin exigencias de resultados a corto plazo, una plantilla joven, sin intocables ni vacas sagradas. Sin embargo, su puesta de largo en la liga americana no pudo ser peor: en sus cuatro primeros partidos el argentino erró 17 de los 18 tiros que intentó. Y sólo era el comienzo del calvario. En los 15 partidos de noviembre sólo jugó 6 minutos. En los meses de diciembre y enero eran mayoría las noches en las ni siquiera se quitaba el chándal.
El bache de juego de su compañero Adam Morrison le abrió las puertas a partir de febrero. Aunque su rol seguía siendo marginal, empezó a hacerse un hueco en la rotación de los Bobcats. Como el anuncio del Atlético que protagonizase su compatriota el Mono Burgos, Herrmann asomaba la cabeza desde las alcantarillas de la NBA tras una temporadita en el infierno.
El partido contra Sacramento del 14 de marzo fue el punto de inflexión. Los Bobcats iban, como de costumbre, por debajo en el marcador. El veterano entrenador Bernie Bickerstaff oteó el panorama del banquillo en busca de soluciones y se fijó en la melena rubia del argentino. Sólo jugó 12 minutos, pero le valieron para anotar 10 puntos sin fallo y ayudar a su equipo a remontar el encuentro.
Desde entonces ha jugado 6 partidos, en los que Herrmann promedia 16’2 puntos y 6 rebotes, en la casi media hora que interviene por noche. Al cierre de este artículo, el alero acababa de disputar su primer partido como titular en la NBA, en el que anotó 20 puntos y capturó 7 rebotes.
Como el título de la novela francesa en la que Hitchcok inspiró su película Vértigo, Herrmann ha regresado ‘de entre los muertos’ para reivindicarse con baloncesto, rehacer su vida y tributar a los ausentes.

CINE – Sin perdón: La quijotización del viejo Oeste

Olvídese del viejo Oeste tal y como lo conocía. Ya no es una tierra de héroes y villanos, sino de historias de miseria y sentimientos humanos. La realidad al fin y al cabo.
Se acabaron los sueños de cowboys apuestos y solitarios, de pistoleros al margen de la ley.
Las señoritas que pueblan los salones ya no son felices bailarinas que amenizan las veladas levantando falda y enseñando pierna. Son prostitutas a las que montan como caballos y explotan como esclavas, pero con dignidad para no permitir que las marquen como reses sin pagar una pena.
El justiciero de gatillo fácil, que idealizaban los títulos clásicos del género, es ahora un anciano arrepentido, rehabilitado y carcomido por remordimientos de sus tiempos de “esplendor”. Pone flores sobre la tumba de su esposa, pidiendo de antemano su perdón por lo que va a hacer,
Ese héroe de antaño es un patético criador de cerdos que delira de miedo ante el rostro de la muerte. El vaquero joven y guapo no ve tres en un burro y el marido ejemplar cobra adelantos en servicios a las señoritas del Salón.
Incluso los malos tienen sentimientos. Al llegar la primavera, redimen pecados y sentimientos de culpa al precio de un caballo, es el precio justo por mutilar una yegua. No mueren con honra cuando caen abatidos de un solo disparo, sino que gimotean por un trago de agua cuando llega su hora, porque la muerte es lenta y dolorosa, la ves venir en el silencio del desierto.
Cervantes desterró el mito de las novelas de caballerías, corrió la cortina que mitificaba a aquellos caballeros medievales que se batían en duelo y conquistaban bellas princesas.
Don Quijote era un idealista en tiempo de miserias, igual que William Munny en el viejo Oeste.

NBA – Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto

Perder en casa con el peor equipo de la liga, Boston Celtics, fue sólo un traspiés en el camino para unos Houston Rockets con McGrady y Yao Ming en la enfermería. El equipo, cómodamente clasificado entre los notables de la potente conferencia Oeste, tuvo un día nublado, en el que llovieron piedras de Shane Battier y Rafer Alston (1 de 12 y 1 de 11 tiros de campo respectivamente), la clase burguesa del equipo tejano, sobre la que recaen responsabilidades cuando faltan las dos estrellas (bastante a menudo, por cierto).
El entrenador de los Rockets es Stan Van Gundy, un estudioso del deporte de la canasta, que pasa las noches en vela con la única compañía de vídeos de partidos y una Cola Light para aguantar el tirón. Entre todos esos vídeos estarán seguro algunos del Mundial de Baloncesto de Japón, donde un escolta griego condujo, en compañía del gran Papaloukas, a su selección hasta la orilla de la gloria, pasando por encima de la todopoderosa selección estadounidense. Un jugador capaz de liderar la ofensiva helena que llevó al colapso del conjunto americano en Japón tenía hueco en la mejor liga del mundo, así que la franquicia que entrena Van Gundy fichó este verano a Spanoulis.
Cuando el pasado 26 de enero los Rockets apedreaban el aro del farolillo rojo de la NBA camino de su poco decorosa derrota en casa por 72-77, el sesudo técnico tejano tiró del mediocre banquillo con el que cuenta en busca de soluciones. Todo jugador que vistiese el chándal de los Rockets y merodease por la zona técnica del Toyota Center, incluidos los jornaleros de paso y bajos fondos que completan las convocatorias de los equipos NBA, gozaron de sus minutos de gloria para enmendar el desaguisado: Chris Hayes, John Lucas, Steve Novak y Kirk Snyder. Todos menos uno, la estrella de la selección griega campeona de Europa y subcampeona del mundo, Vasilis Spanoulis.
Con un total de 10 minutos jugados en todo enero y 23 en los 12 partidos de febrero, catalogar al griego de marginado en la franquicia tejana es sólo una obviedad.

El caso de Spanoulis con Van Gundy no es aislado, y así encontramos en la liga más entrenadores de ideas reaccionarias que “vetan” a jugadores europeos, por muy extenso y contrastado que sea su currículo y/o condiciones.
El pívot serbio Darko Milicic fue elegido en el número 2 del draft de hace 3 años (incluso por delante de Carmelo Anthony), pero su enorme proyección se vio condenada por su entrenador Larry Brown, a cuya sombra languideció en el banquillo de los Detroit Pistons, esperando tiempos mejores. A finales de la temporada pasada fue traspasado a Orlando Magic, donde desde entonces le aplican terapia de regresión (dosificándole en sesiones de 24 minutos por partido desde el banquillo) para que vaya recordando cómo se jugaba al baloncesto.

Pero si hay un caso paradigmático, ése es el de Sarunas Jasikevicius. Mejor base europeo de los últimos 5 años, aburrido de ganarlo todo y ya sin retos en el viejo continente, cruzó el Atlántico para medir su valía en la NBA y pasar a la categoría de leyenda (como hicieran Kukoc, Petrovic o Sabonis). En ese camino hacia la inmortalidad se topó Rick Carlisle en los Indiana Pacers, técnico adorado por críticos y academicistas de manual, de los que conducen la nave por guarismos bajos y guerras de guerrillas. En su primera temporada, el lituano fue el reserva de Jamal Tinsley, un base hipocondríaco al que le quema el balón en las manos cuando llegan tiempos de Playoff. En éste, su segundo año en la liga, “Saras” vio como hasta Darrell Amstrong, toallero voluntarioso que coquetea con la cuarentena, le pasaba en la rotación, condenándole al ostracismo absoluto. Su traspaso a Golden State a mediados del pasado enero, donde sólo juega 14 minutos por noche, no ha revocado su sentencia, es sólo un capítulo de relleno en una historia sin final feliz.

NBA – »With a little help from my friends»

A mediados de diciembre pasado, Denver Nuggets adquirió en traspaso a Allen Iverson. El jugador procedente de Philadelphia 76ers es el que más puntos ha anotado en la NBA durante los últimos 10 años, y la idea de juntarle con Carmelo Anthony, máximo encestador de la temporada, armaba a los de Colorado con, a priori, una de las mejores parejas exteriores que nunca haya pisado un parquet.
El precio fue alto, pero razonable. Se desprendían de su base titular, Andre Miller, un director de juego sólido y sin aspavientos. El otro sacrificado fue Earl Boykins, favorito de los aficionados y todo un ejemplo de superación, en la élite con su metro sesenta y cinco. Uno de esos jugadores que encanta ver por la tele pero no querrías en tu equipo si fueses entrenador.
Iverson es un caníbal, un anotador voraz, que además de 30 puntos por partido, arrastra con él todo un rentable aparato de merchandasing, desde su posición de icono publicitario de Reebok en la liga americana.
El destierro de Carmelo en el purgatorio tras su percance pujilístico en el Garden retrasó el encuentro al 22 de enero. Aquel día los aficionados de Denver vieron vencer a su equipo a los Grizzlies de Gasol, colistas de la NBA. Para los más optimistas aquello era sólo un calentamiento de motores: la dupla aunó 51 puntos para deshacerse de un rival de baja estofa, aguardando retos mayores.
Pero cuando éstos han llegado, el experimento no ha dado los frutos esperados. Los Nuggets han disputado 18 partidos con ambas estrellas en cancha, de los que sólo han ganado siete, sólo uno ha sido a equipos de Playoff: Indiana Pacers. Con ese balance no da más que para hacer equilibrismos de cuentas (27 ganados – 29 perdidos) en el alambre del octavo puesto de la Conferencia Oeste, el último que da acceso a Playoff. Poco botín para tan altas expectativas.
El cambio no varió el panorama en la zona: Kenyon Martín lesionado a largo plazo, Marcus Camby mantiene sus números de gladiador en rebotes y tapones, mientras que Nájera y Evans son peones de la construcción, pero carecen de entidad como para abrir un segundo frente desde el juego interior. El único que podría aportar algo de luz es Nene Hilario. El brasileño tiene condiciones para anotar al poste, pero su rendimiento es a día de hoy una incógnita tras pasar toda la temporada pasada lesionado.
En el perímetro reina el caos. El lituano Limas Kleiza y el base tirador procedente de Milwakee, Steve Blake, son fichas de relleno. El crecimiento de un escolta de proyección como J. R. Smith se vio frenada por la nueva configuración de la plantilla, le faltan minutos y balones.
La marcha de Andre Miller dejó al equipo sin un referente que suba el balón y administre con criterio. Esas tareas recaen ahora en Iverson, que se encuentra como pez fuera del agua, obligado a reprimir su instinto anotador. Igual que en el Valencia quieren ver a Joaquín desbordar como en el Betis pero defendiendo como Angulo, los Nuggets pretenden que el ex de los Sixers pase como lo hacía Miller sin perder la sana costumbre de no bajar de 30 puntos. Sin embargo, las 6 asistencias que reparte por encuentro desde su llegada a Colorado se antojan pocas habida cuenta de los más de 42 minutos de media que pasa en cancha.
Desde su regreso, Carmelo sigue anotando cada noche por encima de la treintena, cobrándose 24 tiros por partido, que se suman a los 20 de Iverson. Si en la NBA cada equipo lanza una media de 75 veces por choque, los 44 que se funde la pareja dejan un estrecho margen de apenas 30 tiros a repartir entre los otros ocho jugadores de la rotación (3’8 por cabeza).

En estas circunstancias el éxito del equipo pasa por:
1) Tratamiento de choque para Carmelo e Iverson: regalarles el St. Peepers de los Beatles y obligarles a reflexionar sobre el sentido de la letra de With a little help from my friends. El efecto esperado sería la reestructuración del ataque de los Nuggets, con más balones para Hilario y Smith.
2) De perdidos al río. Que Spalding abra una fábrica en Colorado con sede en la cancha de los Nuggets.