En la hora de la derrota

La eliminación fue dolorosa: de paliza ante su público en un 7º partido. Habían competido con orgullo, hasta con violencia. Pero cuando les llegó la hora de la derrota, la afrontaron con la nobleza y la serenidad de los campeones (que aún son).

No hubo pataletas, reproches a los árbitros ni hachazos de frustración. Felicitaron al rival y enfilaron el vestuario con la cabeza alta, ovacionados por su público. Los Celtics han dejado en el camino la mayoría de los mejores momentos de estos fantásticos playoffs NBA’09.
Yo, me, mi, conmigo
También los ha protagonizado Lebron James. Pero cuando este cayó eliminado, abandonó el pabellón a la carrera, con cara de mohíno. No dirigió la palabra a sus compañeros. Ya saben, aquello de: “Cuando gano es por mí, cuando pierdo es por ellos”.

Tampoco cumplió con el trámite-ritual de felicitar al rival en el centro del campo (a pesar de contarse algún ‘amigo’ entre sus filas). Actitud que justificó a posteriori con un esclarecedor: “No tiene ningún sentido dirigirme al culpable de haber perdido y darle la mano”. Un razonamiento estúpido pero aceptable, de no ser porque contradice al de sus cuatro eliminaciones previas en playoffs.

Tampoco cumplió con su obligación contractual de hablar con la prensa. La que lleva seis años promocionándolo, la que justifica sus millonarios contratos de imagen, la que edita y matiza sus declaraciones para que no parezca lo que en realidad es… Que el icono de la NBA es un prepotente y un maleducado.
El paseíllo de Sonseca

Mientras esto sucede allá en el Olimpo, en la otra orilla del océano, los playoffs ACB también dibujan personalidades.

Eduardo Hernández Sonseca se crió en la cantera del Madrid y jugó cinco temporadas en el primer equipo. En la última, 2006-07, coincidió con hasta seis componentes de la actual plantilla blanca. Ahora se siente importante como pívot titular de la Penya.
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Cuando su equipo cayó contundentemente eliminado en Vistalegre, jugadores, entrenador, ayudantes y utilleros saludaron y felicitaron deportivamente al Madrid en el centro de la pista. Todos menos Sonseca, que permaneció solitariamente sentado en la silla del banquillo, rumiando su pataleta.

Poco después, sus compañeros del DKV le reclamaron para saludar a la afición verdinegra desplazada a la capital que, mala suerte, se ubicaba en la esquina opuesta del parquet. Entonces, a Sonseca se le planteó un dilema. ¿Qué hacer? Cruzar la pista suponía (re) encontrarse con sus antiguos compañeros, que permanecían en el centro del parquet, a los que tendría que felicitar. A cambio, dio un enorme rodeo, por detrás de la mesa de anotadores, para ni verles la cara.

A diferencia de la espantada de Lebron, ni las cámaras ni las crónicas recogieron el desplante de Sonseca. Intrascendente aunque le pese.
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