Playoffs NBA. Rentabilidad contra credibilidad

La NBA está feliz. Las audiencias han subido, y asi la rentabilidad de la competición, (casi) todas las series de playoffs fueron largas e igualadas y, como guinda, la final Lakers Celtics. Así visto, la Liga estuvo más interesante que nunca… Pues no. Para un servidor, todo lo contrario. 5 detalles de la final representativos de unos playoffs desvirtuados.

– El arbitraje. Vaya por delante que Lakers y Celtics fueron finalistas de ley, los mejores equipos de la NBA. Ahora bien, los arbitrajes fueron caseros en todos los playoffs, y ambos partieron como cabezas de serie. El desarrollo de cada eliminatoria pareció teledirigido para hacer más atractivo el producto. Los arbitrajes caseros se convirtieron en previsibles. Claro, ganando los partidos de casa, las series son largas… creando una ficticia sensación de emoción e igualdad. En el Este, se jugaron 7 eliminatorias, todas ganadas por el contendiente con factor campo. La final fue sencillamente más de lo mismo. Al descanso del segundo partido, en Boston, los Celtics habían lanzado 24 tiros libres por sólo 2 los Lakers… Incluso los jugadores modularon su repertorio al arbitraje. Por ejemplo, Kobe Bryant forzó penetraciones y personales en Los Angeles, mientras que vivió de suspensiones lejanas en el Boston Garden, donde hay barra libre en defensa. El único motivo por el que la final no llegó al séptimo partido fue la siesta de los Lakers en el cuarto encuentro, eso sí estuvo fuera de guión.
– La remontada. 24 puntos, la mayor de la historia de las finales, además en un Lakers Celtics. Suena a quintaesencia del baloncesto. Un partido que la NBA seguro evocará pasados los años, que repetirá en esos programas ‘históricos’ con que llena las horas muertas. Así, con un poco de vedad bien pintada, se moldea el subconsciente colectivo de una competición. La remontada celtic del cuarto partido no fue una orgía de baloncesto, ni dejó fotogramas para el recuerdo. Fue una suerte de inercia que aunó la meritoria segunda mitad de Boston y 24 nefastos minutos de Lakers, relajados, dejándose llevar. ¿Cómo te puedes relajar en una final? Con un entrenador contemplativo y un pabellón indiferente. Indigno.
– El ambiente. En los cacareados 80, un entusiasmado respetable llenaba el Forum de Inglewood bastante antes del comienzo de cada partido de la final en Los Ángeles. El espectador prototipo, de mediana edad, lucía estridente camisa de colores salpicada por chorretones de sudor. ¿Por qué? Porque lo vivía, porque iba a ver baloncesto, no a lucir ‘palmito’ y dejarse ver. Aquella ordinariez sentida forma también parte de la mística de los Lakers-Celtics. En las finales de 2008 la fauna del Staples Center consistió en pijos de estética surfera, actores importantes y otros, en paro, dándose importancia. ¿Resultado? Un público que celebra pero no anima. La rivalidad de hace dos décadas era auténtica porque los equipos representaban valores (deportivos o no) en conflicto. La rivalidad hoy no existe, es imbuida por decenas de anuncios promocionales que evocan hermosas historias pasadas.
– La lesión. La estrella local que se lesiona cuando peor marcha su equipo, pero se recupera heroicamente y propicia la victoria tras remontada. ¿Un manido argumento de película? El guión de Paul Pierce para el primer partido de la final. Sucede que uno ha visto mucho cine y no pasa por alto los defectos de la trama. Cuando Pierce se retiró a los vestuarios lesionado al comienzo del tercer acto aquello parecía una rotura de ligamentos, 6 meses de baja. A los cuatro minutos, el ‘prota’ regresa dando saltos, olvidándose hasta de cojear. Como cuando tras 15 minutos de mamporros Steven Seagal sale airoso, peinado y sin rasguños. Pierce se cascó 22 puntazos, estuvo enorme, sí, pero ya. De épica, nada. De cuento, no poco.

– La cadencia. “40 nights, 40 games” fue el slogan de la NBA para los pasados playoffs. Hagamos cuentas, se empezó un 19 de abril y se concluyó un 17 de junio… 60 días con sus 60 noches. Los playoffs son por definición fugaces (en contraposición con la fase regular), pues concentran la emoción de una temporada, especialmente las series finales. Extender la final en el tiempo es una contradicción que atiende a motivos logísticos y publicitarios, pero puede producir (y produce) efectos secundarios indeseados: tedio y desapego. Las finales de conferencia terminaron un 30 de mayo y las de la NBA un 17 de junio. Seis partidos en 18 días. Por no hablar de la duración de los encuentros, tres infladas e inamovibles horas. La cantidad y duración de tiempos muertos, la duración de los descansos… Todo por la publicidad, dando por supuesto que el producto es tan bueno que la audiencia aguantará impertérrita.
Pero hubo también momentos para el recuerdo en los pasados playoffs, flashbacks que justifican muchas noches en vela. Los tres mejores.
– 3) La rivalidad forjada entre Boston-Atlanta y Washington-Cleveland. Fueron series de primera ronda con poco baloncesto, pero con sal y pimienta
– 2) Los tres encuentros disputados en Salt Lake City de la eliminatoria de segunda ronda Jazz-Lakers. Por nivel, ambiente e igualdad.
– 1) El primer partido de la serie San Antonio-Phoenix, con las dos prórrogas y aquel triple de Duncan. Lo mejor, sin duda. Un motivo para creer.
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