Espíritu colectivo

– El cáncer era Iverson. Desde su traspaso a Detroit a cambio de Billups, los Denver Nuggets han ganado 7 de sus 8 partidos.

– Los Rockets no terminan de arrancar. ¿Quién es el jugador con más tiros de campo por partido? ¿Yao? ¿T-Mac? No, el recién llegado Ron Artest (14,3). ¿Le permitirá su ego admitir un rol estelar en defensa pero gregario en ataque? De su humildad y espíritu colectivo depende el éxito de los Rockets… Malo.

– Reparto de tiros en Memphis. Rudy Gay, 17’7. OJ Mayo, 17’5. Marc Gasol, 7’5. Balance 4 victorias 10 derrotas. Y el pabellón vacío (la media de espectadores más baja de la NBA, 12.000, pese al maquillaje).

– Si jugasen en la ACB, los Oklahoma Thunder ni se meterían en playoffs. Su anodino base, Earl Watson, cobra aproximadamente el doble (7 m. $) que todo el presupuesto del Fuenlabrada para esta temporada.

No es Lebron, es el sistema

Durante años he creído que Lebron James hacía peores a sus compañeros. A lo cual contribuyó especialmente el nefasto rendimiento en Cleveland de Larry Hughes, que firmó por los Cavaliers tras una temporada All-Star en Washinton. Cambié de idea tras los pasados Juegos Olímpicos. Lebron demostró en Pekín ser capaz de seleccionar sus tiros e integrarse en un colectivo.

En los primeros años del jugador en la Liga, Cleveland tenía plantillas discretas (Kevin Ollie e Ira Newble eran titulares…). De aquellos tiempos queda como coletilla el «esque está muy solo». La realidad es que la franquicia hizo desde entonces importantes esfuerzos económicos para rodear a Lebron.

En la temporada que comienza, Cleveland es la segunda plantilla más cara de la NBA (90 millones en salarios). Tres antiguos all-stars acompañan a James en el quinteto (Ilgauskas, Wallace y Szczerbiak). Desde el banquillo parten unidades tan solventes y experimentadas como Maurice Williams, Anderson Varejao o Daniel Gibson.

No es Lebron y sus 21,4 tiros por partido quien les hace malos, sino el sistema de juego que lo propicia, que es una extensión de la filosofía de la franquicia. El entrenador (Mike Brown) es sólo un ‘funcionario’. Lebron es el bueno y el resto está «para acompañar». El equipo está al servicio de su lucimiento. Así, los jugadores que llegan a Cleveland se acomodan en su rol de palmeros, gregarios. Prima el negocio. Igual o más rentable que una victoria es una derrota con 50 puntos de Lebron. Hay más titulares, más highlights, más posters, más camisetas…

¿»Está muy solo»? Y digo yo, los Celtics son campeones con morralla como Kendrick Perkins, Leon Powe, Scalabrine, Tony Allen y Glenn Davis jugando no pocos minutos, exprimiendo sus exiguas capacidades. Claro, Garnett también podría anotar 30, pero mete 18 y tiene un anillo.

Camino de la vulgaridad

Los que todavía defienden la marcha de Sergio Rodríguez a la NBA suelen utilizar como argumento que: «por lo menos está progresando en su juego, está madurando». Su pretemporada 08/09 creó expectativas de cambio en su status para el nuevo curso, pero en sólo una semana de competición se han demostrado nuevamente ficticias.

Sergio se ha convertido en un zombie en la cancha, un jugador vulgar. En la penitencia de su ‘aventura’ se ha dejado el descaro, la alegría, el dribling, el pase, la improvisación… Todo lo que le hacía especial. Es un clon imperfecto del base que le precede en la rotación, Steve Blake, pues tira peor y pierde más balones.

Sergio ha quedado para recibir la pelota en el saque de fondo, subirla botando hasta la mitad de la cancha rival, entregársela a un compañero y esconderse en una esquina para no molestar. Nula iniciativa: ni un dribling, ni un pase fuera de guión. Los rivales le tienen tan poco miedo que le flotan de manera vergonzante. A veces se pica y se anima a tirar, con poco éxito. Al fallar sabe que será sustituido. Lo sería igualmente aunque entrase… Su cuota es innegociable: entre 5 y 8 minutos en el comienzo del segundo cuarto. Bueno, sí que es negociable: a la baja.

Aquellos que conocen su circustancia en la franquicia afirman que en Sergio descargan sus diferencias personales Pritchard y McMillan. Como el manager general (Pritchard) siente predilección por Sergio, el entrenador (McMillan) no le saca. Pero las intrigas palaciegas se escapan al control del jugador.
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A estas alturas, los que buscan un motivo para el optimismo y se resisten a admitir el error del jugador en su marcha le hacen un flaco favor. Cuanto más tarde en cambiar de aires o regresar a Europa, más profundo caerá su juego en la vulgaridad.
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Algún periodista provinciano celebró como un éxito su reciente renovación con los Blazers. Por cierto, por un salario bajísimo: 1,8 millones de dólares anuales, cuando el salario medio de la NBA es 5,5. A mí me pareció una noticia nefasta. Cada cada mes, cada semana, cada partido que Sergio pasa en Portland su talento se consume.

Tendencias autodestructivas

Anoche ví a los Knicks, a mis Knicks. Llegué de trabajar a las 12, justo al comienzo del partido. Me preparé un café, un plan perfecto. Era el primer partido que les veía esta temporada, los albores de la era D’Antoni. Aunque me daba igual, especificaré que el menú consistía en los Milwaukee Bucks, el tipo de equipo mediocre al que debes derrotar para ser alguien.

Era sólo el tercer encuentro del recién comenzado curso 08/09. En los dos primeros: una esperanzadora victoria en casa sobre Miami Heat (último de la NBA la pasada temporada) y una abultada derrota en cancha de los prometedores Sixers. Así, sin una idea muy definida, sin prejuicios y con la ilusión de la primera vez me senté frente al televisor.

El pabellón estaba en silencio. Se escuchaban el bote del balón y el sonido de los aros (bastante maltratados, por cierto). ¿Silencio? ¿Pero si las gradas estaban llenas? Sí, pero no de aficionados (esos animan), sino de turistas. Sin un plan mejor para el domingo por la tarde en Nueva York, con las tiendas y los museos cerrados, el Garden se convierte en atracción turística donde buscar celebridades y ver baloncesto (en este orden).

No se necesitan más de cinco minutos para percatarse de que los Knicks tienen una plantilla mediocre. El nuevo entrenador, Mike D’Antoni, pretende instaurar un estilo de juego para el que carece de mimbres. No ayuda que dos de los tres jugadores mejor pagados de la plantilla más cara de la Liga estén auto-apartados de la disciplina del equipo. Marbury y Curry son egocéntricos, de rasgos sublimes y tendencias autodestructivas. Vamos, dos auténticos knickerbockers.

El partido llegó igualado al descanso, pero Milwaukee se escapó sin gran esfuerzo en el tercer cuarto. Era ya tarde y me levantava del sillón para ir a dormir… cuando Quentin Richardson encestó dos triples seguidos que acercaron a los Knicks. Me quedé, y por unos minutos recuperé la ilusión. Ese fue mi error, el de cada año.