Los Brate dan un balón de oxígeno a Chus Mateo

Como el comer, así necesitaba el Real Madrid y especialmente Chus Mateo una victoria de prestigio, y asaltar Milán lo es, sin paliativos. Lógicamente un solo triunfo no despeja por sí solo todas las dudas razonables por el juego y los resultados de las semanas previas, pero sirve para dar confianza, comprar tiempo y reducir el murmullo en parroquia y palco. Un balón de oxígeno, margen para construir.

El Madrid aguantó muy dignamente el chaparrón de triples italiano de la primera mitad (12 de 16), que lógicamente cesó en la reanudación. Y cesó, no solo porque el acierto era insostenible, sino gracias en buena medida a la defensa blanca, que esta vez sí que hizo acto de presencia. Se nota en este segmento el regreso de Hanga, aún sin confianza en ataque pero cuya mera presencia sube varios puntos el tono de la defensa del backcourt. El Madrid dominó el rebote con autoridad (+16), enormes Tavares y Deck, y dejó al Milán en un 37% tiros de dos, lejísimos del insostenible 67% de la Virtus hacía solo una semana.

Consciente de lo que se jugaba, Chus fue a lo práctico, aparcó el metrónomo de su antecesor y redujo la rotación de facto a solo 7-8 jugadores, aquellos de los que más se fía y/o en mejor momento se encuentran, con minutadas para Musa, Deck y Tavares.

De todas formas, es de justicia reconocer que incluso algunos que apenas jugaron tuvieron una aportación digna. Por ejemplo Poirier, uno de los señalados de la última derrota, no tiró siquiera a canasta y solo sumó un rebote, pero no importa porque el tiempo que pasó en pista cerró su aro como hacía tiempo que no le veíamos, secando a Brandon Davies. Me importa más ese cambio de actitud atrás en plaza grande que su maquillaje del domingo contra el Fuenla.

Los mismos siete minutos que Poirier jugó Alberto Abalde, que no solo no desentonó, como en los últimos compromisos, sino que aportó minutos de calidad en el segundo cuarto. Le lastraron las faltas. Y no quiero dejarme a Chacho, que firmó un partido serio contra sus ex, dando lo que se puede esperar de él a estas alturas de su carrera, 15 minutos de puntos (9) y asistencias (4).

Pero los líderes, los que de verdad brillaron, fueron los Brate (‘hermanos’), apodo que se ha puesto la sociedad Musa y Hezonja, que parece haber hecho buenas migas en Madrid. Entre los dos sumaron 40 puntazos, la mitad de la anotación blanca, un derroche de talento, que para eso han venido: 7/8 de dos y 8/12 triples entre ambos. Como aficionado, resulta un motivo de ilusión ver a dos jóvenes recién llegados y de tanto talento en el roster.

La actuación de ayer en el Mediolanum sirve de tarjeta de presentación de Musa en la Euroliga (25 puntos, 31 valoración), donde venía cumpliendo pero todavía no había roto con un partido redondo, replicando esos picos de rendimiento que sí le hemos visto en ACB. A Hezonja le está costando un poco más la adaptación, no tiene el carácter tan echado p’alante del bosnio y encima coincide en puesto con un peso pesado como Deck. No tengo claro que Chus haya dado todavía con la tecla para exprimirle, sigue explorando, o eso parece a tenor del rol tan distinto del croata entre un partido y el siguiente. Pero al final el talento encuentra su camino y se abre paso, y Hezonja es un gran talento, que además parece haber llegado a Madrid con la actitud correcta, en la madurez de su carrera. A su compromiso y solvencia en defensa me remito, de los que algunos dudaron antes de su llegada.

El Madrid de Chus empieza a hacer aguas

El Madrid ha gripado motor. Las buenas vibraciones del arranque de curso, título Supercopa incluido, estaban dando paso a señales preocupantes, no tanto por las derrotas en sí, todas ajustadas de marcador y en duelos susceptibles de pinchar, sino por el juego. Y la derrota contra la Virtus viene a confirmar los malos augurios, dejando al descubierto muchas de las carencias actuales del equipo. El debate ya no es el diseño de la última posesión sino los 39 minutos previos.

Entre los síntomas evidentes contamos la falta de soluciones colectivas en ataque, las dudas en el reparto de jerarquías y, sobre todo, la fragilidad en defensa. Las bajas de Rudy, Goss y Hanga pesan en la retaguardia exterior, pero sería inocente achacar el boquete defensivo únicamente a la enfermería.

Desde luego, el denominador común de las derrotas son los guarismos insostenibles de puntos encajados: 89 contra Olympiakos, 87 contra Baskonia y 95 contra la Virtus, la más fuera de guión, por ser en Goya y porque los italianos, pese a contar con algún apellido ilustre, estaban firmando un pésimo arranque de curso. Tanto como que promediaban solo 64 puntos anotados por partido en las cuatro primeras jornadas. El Madrid, repito, les permitió 95.

Se llegó a perder hasta por 15 puntos en el último cuarto, así que los tres de diferencia finales son engañosos, fruto básicamente del coraje y la dignidad de Tortuga Deck (28 puntos), el más enchufado de la plantilla en este tramo de curso. Pero el Madrid, sin paños calientes, cuajó una segunda mitad terrible, la diferencia de intensidad fue un poema, incluida alguna actitud sospechosa. Chus Mateo así lo hizo saber: «Me marcho con la decepción de que alguno todavía no entiende que tenemos que trabajar en defensa, estar juntos y evitar agujeros por donde entre el agua». Que vaya Rudy calentando las ascuas, que pronto puede hacer falta otra barbacoa…

Poirier bien podría ser uno en la mente del entrenador con esas palabras: su paso por pista fue efímero (castigo) pero le alcanzó para hacer allstar a Ismail Bako y restar claramente al equipo, -12 en sus 8 minutos. Llueve sobre mojado, que promedia valoración 2.6 en Euroliga, cinco veces menos que el curso pasado. Y no es un flanco menor, que por salario y estatus está llamado a marcar diferencias desde el banquillo. Su bajísimo rendimiento es un lastre tanto directo como indirecto, que obliga a minutadas de Tavares, que acaba los partidos reventado, llegando tarde a las ayudas defensivas.

El puesto de base, el gran señalado por la parroquia desde incluso antes del inicio de curso, enseñó contra la Virtus toditas sus carencias, irregular en ataque y un lastre en defensa, valoración -7 entre Llull y Chacho. El regreso de Hanga representa una esperanza para compensar algunas carencias, pero ni podemos esperar milagros ni el húngaro está todavía a un mínimo nivel físico ni competitivo. Al contrario, da la sensación de haber adelantado un poco su vuelta por la baja de Causeur.

Pero el más preocupado a estas alturas debe ser Chus Mateo, al que le toca acortar los plazos de su mili si quiere comerse el turrón. El baño de Scariolo en la segunda mitad fue dramático, como ver al maestro contra el meritorio, solo que el transatlántico lo pilotaba el segundo.

No se me entienda mal: tengo cero dudas de la preparación y capacidad táctica de Mateo, en todo caso alguna de su autoridad y mando en plaza para el tránsito de ayudante a primer entrenador de todo un Madrid. Pero los técnicos también evolucionan, igual que los jugadores, lo sabemos porque lo vimos en Laso, que llegó a Goya tartamudeando en los tiempos muertos y se marchó como una leyenda diez años después.

Mi duda es: ¿cuánta paciencia tendrán con Chus en la planta noble? Su dilatada trayectoria como ayudante bien vale una oportunidad genuina, es decir, más tiempo. Además, las alternativas a simple vista en mercado a estas alturas tampoco suenan muy apetecibles: ¿Djordjevic? ¿Joan Plaza?. Sucede que el director general (Juan Carlos Sánchez) se juega este curso más que nunca, tras una fuerte inversión en fichajes y haber quemado gran parte de su capital político para que Florentino le diese finalmente luz verde y despedir a su histórico contrapeso de poder en la sección, Pablo Laso.

Una cuestión de oficio: Olympiakos tumba al Madrid en Goya

Dos derrotas consecutivas en Euroliga suelen traer en Madrid la alerta naranja y exigencia de fichajes/despidos. Hoy vengo a echar un hielito, a sujetar los impulsos catastrofistas y a recordar que el contexto importa: han sido pinchazos por la mínima (FCB y OLY) contra rivales de máximo nivel, semifinalistas ambos de la pasada edición. Estos partidos son una moneda al aire y esta vez salió cruz, igual que la final de Supercopa fue cara. Si nos creemos que la temporada va a ser un camino de rosas, incluso contra rivales directos, vamos apañados. Y no hay fichaje posible que te evite sofocos, con el que te den la Euroliga en octubre. El título se decidirá en mayo, en partidos apretados y a cara de perro contra equipos como estos dos, y tanto la plantilla como el cuerpo técnico tienen que aprender de los detalles y optimizar la gestión de finales ajustados.

Hago hincapié en la recta final porque a los puntos fue mejor el Madrid, que mandó en el marcador buena parte del encuentro, por rentas exiguas, todo sea dicho. El juego esta vez sí fue fluido, se fabricaron tiros liberados, nada que ver con el desastre del Palau: 87 puntos anotados y 26 asistencias por 11 pérdidas. El puesto más cuestionado, el de base, resultó el más productivo del equipo: Chacho jugó un señor primer tiempo, acabó con 8 asistencias, y Llull fue de lejos el mejor del último cuarto con 14 puntos (¡!). Y aún así, paradójicamente, es el partido de la temporada en el que más eché de menos un base de corte defensivo como Hanga o Goss, aún en la enfermería, que hubiese permitido una alineación más equilibrada en esa recta final, con Llull de dos.

Me explico. Ni el menorquín ni Chacho están para defender a Sloukas, su par teórico, así que Chus tuvo que recalibrar en el último cuarto los emparejamientos y poner a Causeur con el base griego. Fabien, defensor suficiente pero lejos de ser un especialista, se fue a 23 minutazos en un día aciago: 1/8 tiros y -3 de valoración. Telita por cierto su comienzo de temporada: 14/50 tiros de campo en los nueve partidos oficiales, un 28%, que se dice pronto. Por menos se crucifica a Llull… Ese ajuste defensivo limitó el tiempo en pista de Musa, el más clarividente (17pts en 15mins), y no consiguió el objetivo de contener a Sloukas, decisivo en la recta final y autor de la canasta ganadora.

La mili de Chus Mateo

Al margen de estos detalles, al equipo en general le faltó oficio, lógico hasta cierto punto con los cambios de este verano y bajas como la de Rudy, y cantó especialmente al tener enfrente un animal competitivo como Olympiakos. Hezonja, por ejemplo, no solo estuvo desacertado, que falló varios triples liberado. Eso no me preocupa, otros días han entrado y entrarán, pero tuvo la cabeza fuera del partido, ofuscado con el criterio arbitral. Algo parecido les pasó a Tavares y Poirier, que patinaron sobremanera en el último cuarto, con cantidad de errores en la lectura de juego y la toma de decisiones. Tiros mal seleccionados, faltas innecesarias… Un lastre importante al ser el puesto llamado a dominar.

Y también pinchó un poco Chus Mateo, de nuevo, que con este calendario inicial tan exigente está haciendo una mili apresurada. Conocemos sus espectaculares credenciales como segundo, pero la gestión de los últimos cuartos como entrenador jefe requiere, más que de estrategia, de carácter y capacidad de improvisación, y ahí tiene todavía que doctorarse. Su pizarra en ataques finales por ahora es entre plana y discreta: no es que los dos segundos que quedaban ayer diesen para mucho, pero sí quizá para algo mejor que Tavares recibiendo de espaldas a 5 metros del aro.

También eché en falta su voz en la banda para presionar al trío arbitral ante el reguero de tiros libres griego en el último cuarto (12). Te lo tienes que creer. Eres el entrenador del Madrid y juegas en casa, si no te está gustando el arbitraje debes que hacerte oir. Porque lamentablemente en la Euroliga todavía prevalece la lógica de que «quien no llora no mama», por eso vemos a casi todos los entrenadores presionar a los árbitros y gritarles, jugando conscientemente al límite de la técnica. Los Itudis, Jasikevicius, Messina o Ataman regalan pocas sonrisas al trío naranja…

En fin, que hay cosas que ajustar, pero sin drama.

El Madrid desnuda al Barca en el Palau

Es solo el primer encuentro, queda mucha serie, pero las formas importan y las sensaciones son blancas. En realidad lo son desde aquella barbacoa en casa de Rudy, la epifanía de las pancetas. Cómo han cambiado las tornas en los clásicos desde entonces, qué lejos quedan hoy las palizas en Goya en fase regular, esa sensación de cambio de ciclo asentado. La semifinal en Belgrado nos pareció una machada, por remontar al Barca y por la baja de Goss, y sin embargo este repaso sin Llull, Abalde ni Goss resulta casi otro día en la oficina, tras 16 triunfos en 17 partidos.

Pero la de hoy no es una victoria cualquiera, es un +23 al final del tercer cuarto a domicilio en una final ACB. El tipo de baño que siembra dudas al rival y con partidos cada 48 horas las sensaciones importan.

Abalde y Llull se vistieron de corto por hacer el ver, el gallego llegó a salir algún minuto a probarse, pero aún no. Vino a dar igual porque ya está Hanga disponible para lo que le echen. Su fuerte no es teóricamente anotar, pero reventó el encuentro en la primera mitad con 16 puntos: está en vena y las sensaciones a veces pesan sobre el scouting. No me cansaré de poner en valor su versatilidad, rasgo distintivo del jugador moderno. Añadió seis asistencias y una enorme labor atrás. Jasikevicius debe estar haciéndose cruces por su despido el pasado verano. No es que no le renovasen, como el Madrid a Lapro, es que le quedaba otro año de contrato y le cortaron.

Tortuga Deck, excelso ya en Vitoria en semis, recogió el testigo en la reanudación: otros 16 puntacos. Abortó cada conato de remontada local sin cambiar si quiera el gesto, porque él es así, de conducir tractores y desayunarse un par de abrines cada mañana.

Ambos rezuman el espíritu de este Madrid renacido de dos meses a esta parte, de menos es más, pleno de confianza y energía. Resulta complicado bajar al detalle táctico en un partido así, sin alternativas en el marcador, teñido todo de blanco. El Madrid pasó como un bulldozer por el Palau, abrió brecha aprovechando los tiros liberados que dejaba la defensa azulgrana al colapsarse sobre los pívots. Tavares y Poirier solo pudieron lanzar nueve veces entre ambos, menos que Causeur, Hanga Yabusele o Deck solitos. ¿Os acordáis cuando lamentábamos los baños tácticos de Jasikevicius a Laso? Qué lejos queda todo.

Cumplieron los habituales, cada uno en lo suyo, los triples sin botar de Causeur o los rebotes ofensivos de Vincent, pero también me gustó el fondo de armario. Por ejemplo Jeffery Taylor, valoración 11 en 13 minutos, intachable profesionalidad en uno de sus últimos partidos con la camiseta blanca. Y hasta Juan Núñez sumó a la causa, y no creo ser sospechoso de inflar la valoración de canteranos por simpatía. Sabemos de su chispa en ataque estático pero mostró un nivel defensivo y un aplomo en plaza grande como no le había visto hasta la fecha. Por cierto, un abrazo desde esta tribuna para Anthony Randolph, que salió lesionado y tiene toda la pinta de haberse roto de nuevo. Su cara era un poema, le dolía más el alma que la rodilla.

Volviendo a la final, uno mira la estadística del primer partido y en verdad tampoco encuentra un acierto puntual difícil de repetirse en los siguientes: 15 asistencias por 13 pérdidas, 41% en triples, 50% de dos y +8 rebotes, vamos, la receta que se repite desde la barbacoa. Es pronto para lanzar las campanas al vuelo pero el Barca transmite la sensación de equipo desinflado, como si el desenlace del curso le llegase tarde. Hasta el más cauto coincidirá en que el Madrid tiene una oportunidad genuina de título, que cambiaría diametralmente las conclusiones de una temporada que tan mala pinta tenía.

El equipo de los imposibles

Nunca dejéis de creer, de veras. En algún momento de la larga noche de tres meses que ha durado la crisis blanca del comienzo de este 2022 yo mismo coqueteé con la desesperanza. No soy el único. Me reconoceréis que era lo sensato, pero es que el Madrid de Laso no es sensato ni predecible, y por eso le queremos, como concepto abstracto, como animal competitivo que resiste a la vejez y a la lógica. El equipo de los imposibles.

Si el Barca era de por sí favorito para esta semifinal, a alturas del descanso lo era todavía mucho más, 11 arriba sin necesidad de jugar bien ni dominar. Un arreón de 3-4 minutos en el segundo cuarto le valieron para la escapada. Así son los buenos equipos, y el Barca lo es, castigan sobremanera los errores. En casa de Frinchi lo veíamos negro y aceleramos el ritmo de botellines. Yo ya rumiaba el titular para mis adentros: «Llegamos como nunca y perdimos como siempre». Pesaban en la moral las cinco derrotas consecutivas en los clásicos previos, desde que se marchó Facu nos han mojado sistemáticamente la oreja.

La hora de los valientes

Pero este partido tenía algo distinto, en ninguno había tanto en juego, billete a partido único para la final continental, la hora de los valientes. Y al Barca se le agarrotaron las piernas en la segunda parte, a medida que el Madrid se reenganchó al duelo. ¿Quién dijo imposible?

Jasikevicius bramó después en rueda de prensa su cantinela ya habitual: «No somos killers». Le faltó añadir que «como sí lo es el Madrid». Esta era la Euroliga del Barca: con el bloque aún al completo que construyó Bertomeu al final de la escapada (Brandon se pira en verano a Milán), líderes de la fase regular, Mirotic MVP, los rusos fuera de juego y Madrid-Efes en teóricas horas bajas.

Era su año… pero se cruzaron con el Real en cuarto creciente, nueve victorias seguidas y muy poco que perder. Salieron los blancos fuerte en la segunda parte, ¿por qué no? Se acercaron primero, miedo, y se pusieron por delante después, cortocircuito. Laso jugó mejor sus cartas que en duelos previos, hizo valer el peso de la profundidad de plantilla, ese Madrid que no sabes por dónde te viene. Alberto Abalde, de base por la lesión de Goss en el primer minuto, prendió la chispa en la reanudación con siete puntos consecutivos. Y Causeur recogió la antorcha, agrandando su leyenda de especialista en las F4. Se fue a 18 puntos, incluidos cinco consecutivos clave a falta de dos minutos.

La reválida de yabusele

Fue un partido desaliñado, a ritmo del nuevo Madrid, 86 puntos anotados, 27 más que en la final de Copa… Pensad en la resiliencia de este grupo: de los tres teóricos bases puros con los que inició la temporada (Heurtel, Goss y Alocén) ninguno pudo jugar esta semifinal, el partido más importante del curso hasta la fecha.

Capital resultó también el step up de Yabusele en plaza grande. Han hecho falta seis clásicos para verle rendir por fin a su nivel y no apocarse ante Mirotic. Terminó con 18 puntos y 8 rebotes, 24 de valoración, graduándose como la estrella emergente del basket continental que suponíamos. Es de justicia reconocer que el montenegrino estuvo inmenso, aunque en su caso más solo. Notó el Barca el apagón de sus referencias anotadoras del arco, Higgins-Kuric, que sumaron 12 minutos y 0 puntos. Algo falla, y no solo la salud, si te juegas las castañas a estas alturas con Lapro de faro del backcourt.

Tavares cumplió pero el pívot decisivo fue Poirier, el teórico reserva, al que esta vez no le hace honor la estadística, 6 de valoración. Su adrenalina y velocidad resultaron capitales en el último cuarto, castigando el aro y llegando a algunas ayudas defensivas clave; para el recuerdo el tapón(azo) en transición a Lapro a 52 segundos por jugar. Seguramente la jugada del partido.

No se ha ganado ningún título aún, vale, pero se ha eliminado al gran favorito, el eterno rival y en el más grande de los escenarios. Una victoria clave para el balance de la temporada y una inyección de moral para una sección en horas turbulentas. Falta la guinda el sábado, pero ya se ha prendido la mecha y la noche todavía es joven. Disfrutad

¿Qué nota le ponemos al 2021 del Madrid de basket?

Nochevieja es buen momento para echar la vista atrás y hacer balance: el año del RM ha sido harto irregular, dividido en dos actos casi opuestos. Uno de suspenso y otro de notable, tirando a alto. Pero bajemos al detalle…

Primer acto: nadaplete

Casi todo lo que pudo salir mal de enero a junio salió mal. Hay factores atenuantes, pero el resultado fue un nadaplete, la cesión al Barca del cetro del basket nacional. Una calamidad: se encadenaron las lesiones y para colmo Deck dejó tirado al equipo en el desenlace de la temporada. Una espantada que se sumaba a la de Campazzo el 20 de noviembre, aunque en ese caso el jugador avisó con mucha antelación. Aviso, por cierto, que el club desoyó por motivos que aún hoy no alcanzo a entender y cuyo resultado, su marcha, marcó/lastró en buena medida las opciones deportivas de la temporada. En esas condiciones hubo poco que rascar: se cumplió el mínimo homologable llegando a las dos finales domésticas (Copa y ACB), pero se cayó en ambas con estrépito ante el Barca. Milagros, a Lourdes.

Dignos de mención son el récord de victorias en fase regular ACB (34-2) y la eliminación con honores frente a Efes, a la postre campeón Euroliga. Se perdió, claro, pero fue una derrota dulce comparada con las humillaciones ante el Barca. Se dejó el pabellón alto, con Garuba en fase superguerrero y el equipo en cuadro, estirando hasta el límite el concepto de resiliencia colectiva. El mismo espíritu, por cierto, que guió el triunfo ante CSKA la semana pasada.

El partido de récord de Garuba | Real Madrid CF

Las fugas a la NBA del primer acto dejaron al equipo vendido pero tuvieron una consecuencia indirecta positiva: la pasta. El dinero no gana partidos ni levanta títulos, pero permite invertir en plantilla para rearmarse y recuperar la ilusión, que es el leitmotiv de la segunda mitad del año. Los nueve millones de euros (a plazos) de las cláusulas de Facu, Garuba y Deck son una fortuna en el basket europeo en tiempos de contracción por pandemia. Una fortuna para enjuagar pérdidas y aprovechar oportunidades de mercado, como Poirier, incorporación estratégica en abril.

Con el francés más Edy el Madrid junta la mejor pareja de pívots que haya visto la Euroliga en unos cuantos años, y el juego del equipo necesariamente vira hacia la pintura. El otrora protagonismo casi hegemónico del backcourt en el sistema Laso, de los Sergios, Luka o Facu, ha dado paso a un sistema con los interiores como referencia. No necesariamente en número de tiros, que también, sino en influencia en el juego en ambos aros: definición en la pintura, rebote, intimidación… Podemos debatir sobre su estética pero difícilmente sobre su eficacia. Es la receta más lógica para competir por títulos con las cartas disponibles, sin estrellas de backcourt en el mercado.

Por cierto, que la primera mitad de año nos dejó también la retirada de Felipe Reyes, al que honestamente le sobraron las dos últimas temporadas, y también la de Jaycee Carroll, al menos de facto, en uno de los episodios más chuscos e innecesarios que recuerdo entre las leyendas de la sección. No es que no descarte, es que doy casi por hecho que aparecerá por Madrid en algún momento de 2022, bien para un acto de homenaje en el Bernabéu, bien para una mini gira de despedida pagada, jugando alguna pachanga dominical de ACB, aprovechando esa oferta de renovación sine die que le plantó Florentino. De lo contrario, no tendría sentido esta ambivalencia. Ahora bien, sería una coda anecdótica, la de un exjugador a todos los efectos. El equipo se ha acostumbrado a vivir sin él, y nada mal, por cierto.

Segundo acto: recuperar la ilusión

La segunda mitad de año es cuarto creciente. Lo primero fue recomponer filas, ya sin argentinos, para lo que se fichó en verano con sentido común y cierta ambición: Yabusele, Heurtel, Hanga y NWG (en verdad el fichaje de Poirier lo contaría también como de temporada 2021-22). Y las piezas no han tardado en encajar. Ganar la Supercopa remontando 19 al Barca fue un chute de confianza para empezar, un título que podemos poner en buena medida en el haber de Llull, que firmó una final superlativa. Un nivel que, como era de prever, no ha conseguido mantener durante el curso, ni cerca, especialmente al tener que jugar de base por las lesiones en el puesto. Eso sí, la salud le está respetando este año, tanto a él como a Rudy y Causeur, los veteranos, piezas de cierto peso en el primer tercio de curso en este Madrid tan atomizado.

El equipo cierra el año líder en solitario de la ACB y segundo clasificado de la Euroliga, con un sólido balance acumulado de 29-4, pese a no haber jugado ningún partido con menos de dos bajas. Ventajas de una plantilla muy larga, sin estrellas exteriores de relumbrón pero equipada para el barro, potentísima en rebote y defensa. Ingredientes para volver a la F4 y competir de tú a tú con el Barca en las finales nacionales.

Los títulos definirán la nota de 2022, pero el objetivo primero, recuperar la ilusión, es de 2021 y lo doy por conseguido.