Diario de la Copa: ‘Era campo atrás’

Surgió, pues como surgen estas cosas, de la forma más tonta. Según nos contaron baskonistas, un aficionado frustrado no paró de repetir el jueves en un bar, a la salida del pabellón, que «era campo atrás» de Llull, antes de darle el balón a Randolph para enchufar el triple que forzaba la prórroga. La charanga pasaba por allí y le puso a la frase esa música facilona que le pone a todo. La pataleta de Andorra y de los narradores de Movistar infló el globo y el cántico corrió como la pólvora por Vitoria, porque lo tenía todito para triunfar en una Copa: pegadizo y  antimadridista. Esta edición ya tenía hit oficial: «Era campo atraaas».

La charanga de Unicaja tocó el tema a la entrada del pabellón el viernes, que contra el Madrid le salen a uno mogollón de amigos. Fue su minuto de gloria, a renglón seguido su equipo cayó con escaso heroísmo ante un Barca de circunstancias. «Llevo peor caraja que el Granca, con una manta y una mecedora me dormía ahora como un bebé», soltó Gustavo en la otra semifinal, un tostón que pasamos poco menos que de resaca, vegetando en la butaca tras una ruta previa bien regada.

«Antes encontrar a un ala pívot que metiese triples era la hostia, ahora lo que es la hostia es encontrar a un cuatro que rebotee», reflexiona Ander, filósofo del basket, que conduce Volvo y hace baile latino, de moda hasta en Álava. «Es que la Cuchillería ya no es lo que era, olvídate de escuchar a Mano Negra». Ander nos llevó a mediodía de pintxos a Tximiso, a probar la famosa tortilla de Sagartoki y de carajillos a Aldapa, que no son un asunto menor. En el piso de la abuela habíamos dormido los cuatro en dos camas de matrimonio… de las de entonces, de muelles con solera y 120 de ancho, que en seguida te estás queriendo con el vecino. Gustavo, tan cariñoso él, se anexionó espacio vital de mi hermano, que pasó la noche encabronado con medio culo colgando.

Guernika, chavales, es una cervecería muy recomendable, típico local estrecho pero con ambiente despolitizado y unos temazos vintage que animaron a bailar al mismísimo Piter cenizo. Como no jugaba el Madrid me vestí ‘de civil’, guardé la camiseta de Felipe y salí con la de De Colo en CSKA, por dármelas de interesante, pero quien triunfó en la noche resultó ser mi hermano con la de Doncic que le regale por Reyes. Una docena de madriristas camuflados y errantes salieron del armario al ver a David y se acercaron a hablarle: «eres el primero de los mios que veo esta noche». Apadrinamos a los menos cenizos en el siguiente garito, Glass, donde nos cruzamos además con 40 princesas Leia, que había una convención de Star Wars. Fue ese tipo de noche.

En la esquina donde converge la farra se apostó de madrugada un músico callejero, tocando canción protesta ante la indiferencia de los transeúntes. Hasta que, ah, un grupo de aficionados le pidio el hit de la Copa. Hizo una versión a guitarra, que con una sola estrofa de tres palabras alargó como 10 minutos al ver que le empezaban a llover monedas, rodeado de un enjambre de curiosos. Qué bien se vive contra el Madrid. Gustavo, para entonces ya algo cocido, se quitó el abrigo pese al frío y se puso a bailar como un loco con su camiseta de Llull, para deleite de la multitud antimadridista. Aquello sí que fue campo atrás