A falta de anuncios, noticias o rumores dignos de mención, queremos pensar que la directiva del basket blanco ocupa estos días de incertidumbre ante el nuevo convenio ACB peinando el mercado y no levantando mojitos en Mallorca. Estamos a mediados de julio, y aunque sea este un verano atípico en el mercado de baloncesto en Europa, el caso es que va quedando ya poco pelo que peinar. El Madrid busca base titular para cubrir la baja de Prigioni, pero escasean en el mercado a un precio razonable (cláusula inferior al millón de euros). El único que suena es Dontaye Draper, bajo contrato con el Cedevita, por el que el Madrid habría presentado una oferta formal. Algo más de género queda en el mostrador de escoltas: suenan Rafa Martínez y Belinelli.
Ahí es donde entra Sergio Llull, el joker de la baraja del Madrid, que podría pasar a desempeñar como base titular el próximo curso, empujado más por la coyuntura de mercado que por un verdadero rumbo en su evolución deportiva. De entrada, soy escéptico respecto a plantillas confeccionadas en función de la oferta y no de un estudio sesudo de las necesidades. Pero sobran ejemplos de éxito para rebatirme. Por suerte, las variables que conducen al éxito son mucho más complejas. El debate sobre la demarcación de Llull no es nuevo. Pero sí las circunstancias que lo rodean…
Tampoco destaca Llull por su manejo de balón, dribbling en 1×1 desde bote o capacidad para interpretar el pick n’ roll. Estas limitaciones fueron muy evidentes el curso pasado, desde la demarcación de escolta y en el contexto del estilo de juego ofensivo de Messina-Molin/Prigioni (ritmo tedioso, posesiones largas, ataque estático). En un contexto de juego más rápido y dinámico (el que promete Laso…), Llull podría poner en valor sus virtudes, que tampoco son menores: físico y tiro exterior.
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